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sábado, 20 de octubre de 2012

¿Poder popular bajo el capitalismo?

Nota: este breve texto fue escrito para una revista vasca, por lo que llevaba el título de ¿Poder Popular bajo el imperialismo franco-español?, pero al colgarse ahora en la red se ha decido generalizarlo al conjunto del sistema explotador para que se comprendiese rápidamente su contenido.

1.-

Una de las grandes deficiencias de la mayoría inmensa de las izquierdas occidentales es que ha roto la fusión cotidiana entre, por un lado, la crítica teórica, política, cultural, ética, etcétera, del capitalismo, y por otro lado, la lucha práctica por la creación de otras formas alternativas de vida, de autoorganización popular y obrera, de experimentación de otro modelo social opuesto al dominante. Tal fusión ha sido una constante que podemos rastrear desde las luchas campesinas y urbanas en el medievo, cuando las masas explotadas intentaban materializar utopías igualitaristas y milenaristas “así en la tierra como en el cielo”, hasta ahora mismo en muchas partes del mundo en donde los pueblos trabajadores han de resistir a la devastadora crisis autorganizándose para satisfacer sus necesidades aplastadas por el capital.

A lo largo de estos tiempos, los movimientos campesinos, populares y obreros, y las izquierdas revolucionarias más consecuentes, han mantenido en la medida de sus posibilidades la decisión de forzar el modo de explotación, vida y reproducción social dominante en esos momentos, forzarlo más allá de lo permitido por el poder. Por ejemplo, el cooperativismo, la cooperación en general, la ayuda mutua autoorganizada, la reciprocidad y el trueque en cualquiera de sus formas, las redes sociales con poca o nula mercantilización interna, estas y otras prácticas que, como hemos dicho ya aparecen en el medievo de forma utópica y con el capitalismo industrializado se han practicado y teorizado no sólo como formas de resistencia transitoria a las privaciones impuestas por la explotación sino también –y esto es decisivo- como embriones experimentales de otra forma social opuesta a la explotadora.

Dentro de las corrientes progresistas y socialistas, y en especial en las anarquistas y marxistas, pero también en las sociacristianas y reformistas, ha existido y existe la certidumbre de que la mera resistencia economicista, centrada en la exclusiva defensa de los derechos laborales y salariales alcanzados apenas sirve para detener la ferocidad creciente de una patronal envalentonada. En el anarquismo y en el marxismo, muy especialmente, esta certidumbre va unida a la de la necesidad de avanzar en otras salidas materiales a la crisis y a los ataques del capital, consistentes en fusionar la lucha política y teórica radical con la autoorganización material expresada en las prácticas asociativas citadas genéricamente arriba. En las corrientes reformistas y socialcristianas esta perspectiva está amputada de todo contenido y finalidad revolucionaria, limitándose a buscar la mejora del sistema mediante la paulatina superación pacífica y gradual de sus componentes “malos”, desarrollando los “buenos”.

Centrándonos ya en la izquierda revolucionaria, la historia muestra que ésta se ha esforzado en simultanear cuatro prácticas decisivas para el avance de la emancipación: la crítica práctica del sistema mediante la experimentación de embriones de protosocialismo inseparablemente unidos a la aparición de formas de contrapoder y de doble poder; la crítica política tendente a la destrucción del poder explotador y a la creación de un poder popular y obrero imprescindible para superar el capitalismo; la crítica teórica destinada a mejorar la praxis socialista en su conjunto y a desmontar la ideología burguesa; y la crítica ético-moral destinada a superioridad cualitativa del humanismo comunista sobre el humanismo burgués. No hace falta decir que esta cuádruple práctica se desarrolla con ritmos diferentes según contextos y circunstancias que no podemos analizar ahora.

Pero sí hay que decir que desde la mitad del siglo XX en adelante, el grueso de la izquierda occidental ha despreciado o abandonado esta cuádruple acción, limitándose en la mayoría de los casos al apocado y respetuoso parlamentarismo dentro del ordenamiento burgués, aceptándolo de facto, cuando no defendiéndolo públicamente ayudando a la burguesía en la represión de las fuerzas revolucionarias. Ahora esta izquierda, y sus sucesores nominales y herederos ideológicos, pagan las consecuencias de aquella mansedumbre y de aquél colaboracionismo encubierto o descarado. Tantos años de mansedumbre práctica, política, teórica y ético-moral ante la injusticia han debilitado y envejecido al máximo a su otrora fuerte y joven militancia, también le han aislado y separado de las resistencias y luchas que emergen aquí y allá, y han destruido su dignidad crítica y orgullo insurgente. La izquierda occidental no recuerda ya lo decisivo que es el proceso que va del contrapoder al poder popular y obrero.

 2.-

La defensa economicista y democraticista contra la involución reaccionaria que avanza como una apisonadora sigue siendo tan necesaria como siempre lo fue. Nadie lo niega, y quien lo hiciere sería un suicida. Pero ella sola no detendrá nunca al monstruo; tal vez pueda retrasar en algo su avance, pero casi de inmediato la fiera multiplicará su brutalidad para recuperar el tiempo perdido y ampliar exponencialmente sus ganancias. Incluso aunque parte de la burguesía optase por una política débilmente neokeynesiana y de socialiberalismo menos cínico, incluso así la sola resistencia obrera y popular no detendría los ataques antisociales. Toda mentalidad defensista está condenada al fracaso y a preparar la derrota. De lo que se trata es de revertir en defensivo en ofensiva, en ataque cuádruple: construir embriones de protosocialismo; avanzar hacia el poder popular y obrero; enriquecer la teoría, y superar éticamente a la irracionalidad egoísta burguesa.

La cuádruple práctica debe plasmarse en el proceso que iniciándose en los contrapoderes locales que vamos conquistando con nuestras luchas debe llegar a la construcción de un Estado obrero controlado desde fuera por un poder popular independiente y crítico, que vigile atentamente mediante la democracia socialista que ese Estado no degenere en una casta burocrática corrupta. Pero lo que ha de caracterizar esencial e internamente a todas las múltiples facetas y niveles de este proceso, así como a la cuádruple práctica descrita, es, sencillamente expuesto, la prioridad de la experiencia colectiva del pueblo, de la praxis colectiva que tienda a acortar en lo posible la inevitable y lógica distancia que existe entre los niveles más concienciados del pueblo trabajador y la militancia organizada en colectivos exigentes en la calidad humana de sus miembros. Lo que ha de conectar a todas las pares del proceso es la decisión ilusionada y autocrítica por derrotar al imperialismo franco-español, por alcanzar la independencia socialista vasca como parte de la liberación general humana. Lo que debe ser la columna vertebral del proceso es su voluntad ofensiva, activa, constructora ahora mismo, en el presente, de algunos de los cimientos del futuro, no de todos porque eso es obviamente imposible, sino de aquellos que puedan serlo.

Las bases decisivas de la independencia socialista y antipatriarcal vasca, como de cualquier otro pueblo ocupado, solamente podrán ir siendo construidas inmediatamente después de ser conquistado el Estado obrero vasco. Sin embargo, para llegar a este punto crítico de inicio también hay que construir otras bases previas, bases que demuestren al pueblo trabajador no sólo que es capaz de lograrlo sino que a la vez le demuestre que no tiene otra alternativa si es que en verdad quiere dejar de malvivir bajo la explotación. Para aprender a bucear, hay que echarse al agua, y es caminando como se aprende a correr. Que la izquierda occidental haya olvidado este principio elemental de la praxis no quiere decir que lo olvidemos nosotros. Quiere decir que no lo repitamos. Teniendo esto en cuenta, ya desde ahora mismo debemos pasar a la ofensiva de masas, popular y obrera, contra la opresión, lo que significa que debemos extender e intensificar la creación de contrapoderes locales que formen las bases iniciales para nuevos adelantos.
 
3.-

Es contrapoder todo colectivo que en su campo específico de lucha sea capaz de obligar al poder que le explota a negociar con él, o al menos a tenerle en cuenta en el momento de elaborar nuevos planes antisociales, restrictivos, autoritarios. Un contrapoder, por ejemplo, es una asamblea obrera, vecinal, estudiantil, etc., suficientemente estable y autoorganizada que ha desarrollado la fuerza suficiente como para, al menos, ser temida por la patronal, por el ayuntamiento, por el rectorado universitario, de tal modo que no tienen más remedio que tenerla en cuenta siquiera preventivamente cuando urden nuevas injusticias. Otro ejemplo, un contrapoder es un colectivo de mujeres que con sus denuncias y movilizaciones expulsan de sus barrios y/o trabajos a violadores, agresores y otros machistas. Un contrapoder es, por tanto, un colectivo oprimido con poder suficiente para debilitar en algo o en mucho al poder explotador.

Bajo los demoledores ataques de la crisis capitalista, los contrapoderes han de avanzar además en el desarrollo de propuestas prácticas que superen las limitaciones insalvables de las leyes burguesas que sufren en concreto, demostrando mediante la pedagogía de la acción práctica que se puede ir construyendo las bases, los embriones, de una sociedad superior. Por ejemplo, leyes contra los abusos financieros y bancarios, contra el poder de la propiedad burguesa, contra la tiranía de las grandes redes de distribución y de las inmobiliarias que destrozan la vida colectiva de los vecinos, contra los desahucios, contra la privatización de la enseñanza, contra el retroceso de lo derechos sociales colectivos y contra el avance de la violencia patriarcal en cualquiera de sus formas, y un inacabable etcétera.

En toda nación oprimida, los contrapoderes han de reivindicar con requisito esencial la conquista del derecho de autodeterminación como irrenunciable garantía de calidad democrática, porque tal derecho es la plasmación a nivel general del derecho de autoorganización, autogestión y autodefensa que ese contrapoder específico ejercita en su misma autodeterminación cotidiana, diaria.

Pero el contrapoder tiene como única garantía de supervivencia su inclusión en una red más amplia que se materializa en grandes áreas sociales, de masas, de doble poder parcial. Un doble poder parcial es, por ejemplo, la fuerza movilizadora, política, teórica y ética de los movimientos populares capaces de condicionar a instituciones locales, provinciales, regionales, autonomistas y en su fase decisiva, al gobierno. Una situación de doble poder es aquella en la que el poder opresor y el poder liberador disponen de fuerzas similares en las cuestiones que les enfrentan, llegando incluso a un inestable y breve equilibrio de fuerzas que debe decantarse en uno u otro sentido opuesto en poco tiempo. Aunque parezca increíble, situaciones de estas son relativamente frecuentes en las luchas sociales, pero las gentes lo desconocen debido a la nefasta política de amnesia e ignorancia aplicada por el reformismo, que reduce las situaciones de doble poder, desnaturalizándolas, a pobres momentos de negociación a la baja, cuando en realidad había condiciones para la victoria, o al menos la suficientes para evitar la derrota.

En el proceso de ascenso de los contrapoderes a situaciones de doble poder, es de vital importancia el desarrollo de prácticas socioeconómicas, asociativas, comunales, de ayuda mutua, culturales, deportivas, etc., que conscientemente quieran ser embriones de una sociedad mejor, y que por eso demuestren con la pedagogía de la acción que se puede y se debe construir un modelo social cualitativamente superior al capitalista. Por ejemplo, una cooperativa de producción y consumo que se guíe por la teoría del cooperativismo socialista, por la ética humana de la ayuda mutua y de la desmercatilización, del internacionalismo proletario, etc., esto pequeño paso es un importante contrapoder material y simbólico que atrae la atención del pueblo, que abre caminos esperanzadores y que destroza las mentiras burguesas sobre la natural eternidad de la explotación asalariada, la opresión nacional y la dominación patriarco-burguesa.

Pero, al final, lo decisivo e irrenunciable es la cuestión del poder político. La política es la quintaesencia de la economía, y por tanto, cuando las situaciones de doble poder parcial se generalizan aparece como exigencia crítica la conquista del poder no sólo gubernativo sino estatal, la creación de un Estado obrero independiente. En la medida en que con anterioridad se haya recuperado la práctica de todo lo relacionado con los bienes comunes, la desmercantilización, la primacía del valor de uso sobre el valor de cambio, la coherencia y rectitud, etc., en esta medida habrán germinado embriones de protosocialismo que crecerán al calor de la política impulsada por el Estado obrero. Nunca hemos de dejar de insistir en que la esencia del problema radica en la conquista de la independencia estatal, del poder del pueblo trabajador, y mientras que éste no esté asegurado las conquistas parciales anteriores siempre estarán en peligro de exterminio sangriento.
 
Iñaki Gil de San Vicente
EUSKAL HERRIA  27-IX-2012
Fuente: Boltxe

domingo, 28 de agosto de 2011

Movilizaciones estudiantiles: anticipando el futuro

Escrito por Rafael Agacino*

La masividad de las últimas marchas estudiantiles ha sido un fenómeno explosivo e inesperado ¿Qué explica dicha masividad? ¿Qué particularidad tiene este conflicto estudiantil?

Son las interrogantes de estos días. Muchos intentamos interpretar este fenómeno y creo se converge hacia un relativo consenso que considera este conflicto como continuidad de un proceso que se ha venido desencadenado espasmódicamente desde hace algunos años; que hay un “hilo rojinegro” (broma) que lo entreteje, en particular en el caso de las movilizaciones de los estudiantes secundarios.

Hay dos momentos con características similares que anteceden al actual: el “mochilazo” del 2001 y la “revolución pingüina” del 2006. En primer lugar, ambos son procesos inadvertidos por las organizaciones políticas y por el Estado; surgen de improviso y todas las instituciones, incluida la izquierda institucional, sea republicana o reformista, reaccionan ex post y a tientas tal y como le sucede ahora a un gobierno desorientado e inexperto. En segundo lugar, enarbolan prácticamente las mismas demandas aunque ahora profundizadas y en choque frontal con el modelo educacional y con el propio orden económico social. La demanda por el pase escolar del “mochilazo” se acopla a la exigencia del fin del lucro como ya lo habían puesto en el tapete los secundarios el 2006, y ambas se resignifican hoy al elaborarse con una sencillez asombrosa una profunda crítica a las bases mismas del modelo educacional y a la racionalidad con que se construyó y funciona el “Chile realmente existente”.... Por ello, de súbito, ya es casi sentido común y a nadie escandaliza, demandar la re-nacionalización del cobre, la reforma tributaria, la des municipalización sin privatización. Y finalmente, como tercera característica de importancia central, el movimiento ha preservado e incluso desarrollado ciertas formas organizativas – vocerías, revocabilidad de los dirigentes, soberanía de las asambleas, etc. - expresivas de un potencial de radicalidad democrática y autonomía poco conocido en el campo de la acción social y política chilena.

Si uno trata de dar mayor sentido a estas líneas de continuidad, la pregunta más precisa es: ¿Cómo caracterizar esta movilización social que ocurre en un contexto de crecimiento económico, en ausencia de desempleo masivo, de bajas salariales o de una situación de pobreza masiva y creciente? Lo que hay es una explosión en otras condiciones: en condiciones de inclusión social; no se trata de las masas menesterosas clamando por pan; no se trata de “marchas del hambre” como en los años setenta y ochenta. La derecha neoliberal, apelando a su batería teórica fundada en el individualismo hedonista, ha caracterizado la situación asemejándola a una crisis de expectativas. En su versión más vulgar, se trataría de un malestar de los sectores “aspiracionales” que por pura envidia frente a los exitosos, reaccionan con la protesta. Más allá de su evidente superficialidad, este razonamiento, sin embargo, puede revelar una tensión social más estructural propia del neoliberalismo maduro: un malestar expresivo de las dificultades objetivas que ciertos sectores sociales recurrentemente enfrentan para sostener en el tiempo sus condiciones de vida, o bien, porque todos o parte de ellos, tal vez los más ilustrados, toman conciencia de los perversos resultados de largo plazo del modo de vida proclamado por el neoliberalismo. En efecto, es el propio funcionamiento del modelo – no su colapso- el que muestra que los logros se vuelven ficticios, vacios y tóxicos, pues el presente se ha vuelto precario y el futuro una hipoteca.

Desde este punto de vista, las casi cuatro décadas de neoliberalismo en Chile, ya muestran crecientemente y en muchos planos, las limitaciones propias del modelo; las tensiones se perciben como resultados de reformas realizadas y maduras y no como reformas pendientes. Así con la educación, la salud, la previsión, la vivienda, la cuestión urbana, el transporte…. Las fisuras de un modelo que no puede resolver los problemas que “la gente” empieza a sufrir y frente a los cuales, tarde o temprano, ella misma deberá obligadamente pronunciarse.

Por otra parte y en conexión con la composición del activo social, una característica sobre la cual hay que poner atención, es que las franjas participantes o de apoyo han sido “educadas” bajo el neoliberalismo y por tanto permeadas por una cultura individualista. El mismo movimiento contiene en su interior contrafuerzas gravitantes que eventualmente pueden limitar su constitución y desarrollo. Dichas contrafuerzas comparten el malestar masivo pero sin compartir necesariamente la disposición y voluntad requeridas para la conformación de un sujeto social colectivo. ¿Qué efectos prácticos puede implicar esto? Que si a los estudiantes de los CFT, los IP o de Universidades Privadas que, salvo excepciones, no se han movilizado, se les condonan deudas u ofrecen otros beneficios, su posición puede pasar de un apoyo pasivo a una franca oposición manipulable por el poder. Hasta hoy el movimiento no ha avanzado sobre temas más complejos de la educación como el rol de un sistema nacional educacional en un país no desarrollado o sobre el carácter político-cultural de los contenidos educativos propiamente tales. Las demandas apuntan hasta ahora solo al entramado institucional buscando reformarlo para garantizar una “educación pública, gratuita y de calidad”. En ese contexto, la ausencia de un proyecto educacional para Chile, fortalece la capacidad de maniobra del gobierno y las clases dominantes por la vía del manejo distributivo de los recursos financieros –que los hay- y hace más vulnerable al movimiento estudiantil, sobre todo si la conjunción coyuntural de malestares que se expresa en la calle, carece de una identidad como fuerza social y programática. El movimiento tiene una cáscara colectiva pero no es aún un movimiento orgánicamente colectivo. Y ese es un problema crítico, por lo cual el desarrollo de la fuerza social y programática, incluida las tareas de formación política, son centrales.

Por último, creo que lo que no puede llamar a confusión, por lo menos a las franjas de la izquierda “desconfiada”, es suponer que este es un movimiento que clama por representación en la esfera de lo político. Toda la izquierda tradicional, republicana o reformista, así como la Concertación y sus derivados, así lo creen y afinan sus artes elaborando ardides para capturar el movimiento, para vehiculizarlo a la esfera de lo político-institucional, hasta domesticarlo o extinguirlo. Por el contrario, la izquierda desconfiada, cuyo objetivo estratégico es constituir un sujeto soberano y politizar lo social, más que preguntarse por las posibilidades de representación del movimiento, debe indagar sobre las potencialidades y posibilidades de auto-representación del mismo y su constitución como sujeto social y político. Y ahí es donde encontramos debilidades, como ya las hubo cuando estallaron las movilizaciones de los secundarios en el 2006 y las luchas de los sub contratistas al año siguiente, el 2007.

Así pues, a pesar de lo sorpresivo del estallido hay elementos de continuidad que deben escudriñarse para obtener una caracterización más precisa de este movimiento y de la propia sociedad chilena. Ello es imprescindible para la adopción de una táctica adecuada y no exagerar la nota respecto de las posibilidades tanto de la coyuntura como de la situación política en el marco del nuevo período que se abrió con el Gobierno de Piñera. Entendemos el estallido como síntoma de “algo”, un síntoma de este proceso de maduración del modelo que, entre otros, hace muy ostensible el problema de la desigualdad. Las contradicciones del modelo maduro no reclaman tácticas de resistencia sino tácticas de propuestas, de alternativas de acción social y política; la maduración de las contradicciones propias del modelo exige nuevas opciones. Si no captamos el sentido histórico de esta nueva fase en ciernes, toda la política y todas las orgánicas, se verán sorprendidas ya que precisamente por tratarse de un momento nuevo, no existen aún los recursos discursivos ni interpretativos adecuados, ni las capacidades sociales para integrarse naturalmente en esos movimientos y constituirse como fuerza política a la par que ellos mismos lo hacen.

¿Qué proyección política puede tener en el movimiento estudiantil?

Mirado desde una perspectiva auto emancipadora, es decir, teniendo en mente los esfuerzos por construir un sujeto soberano, una fuerza capaz de superar la idea de la política como un espacio institucional ad-hoc, separado de la sociedad y ejercido por “profesionales” en los cuales las masas deben depositar su representación, las luchas actuales son mucho más ricas que las de los años noventa y las de inicios del siglo XXI. No sólo son nueva escuela para grandes contingentes de jóvenes, sino también inauguran un período que obliga a sintetizar demandas, a elaborar propuestas, a imaginar proyectos; su constitución como fuerza social corre en paralelo a la constitución de fuerza teórico/programática, y por tanto, a su emergencia como una de las franjas de la futura fuerza política. El sujeto político colectivo se constituye en su vivir político propiamente tal y politiza lo social desplazando la política del espacio institucional al espacio de la sociedad; arrebata la política a los burócratas y la asume como su espacio de constitución vital. En un momento en que la política en su tradición liberal representativa, y los partidos que han vivido de ella, incluida por cierto la izquierda confiada, ostentan debilidades estructurales, se evidencian las potencialidades del momento histórico presente, potencialidades que pueden abrir paso a esa alternativa auto emancipadora.

La incomodidad del sistema político y sus funcionarios no deja de manifestarse frente al “desorden” que caracteriza al actual movimiento, por ejemplo, cuando el nuevo ministro de educación, Felipe Bulnes, reclama a los secundarios su falta de organización (convencional y burocratizada) y justifica así la imposibilidad del diálogo. Una lectura más atenta de la renuencia al diálogo por parte de los estudiantes, no hace sino revelar, especialmente en el movimiento secundario, que se ha procesado el nefasto impacto que provocó la burocratización del conflicto tal y como ocurrió con la mega Comisión de Bachelet, subterfugio que logró disipar la energía politizante del huracán pingüino y ganar un poco más de tiempo: casi cuatro años. Pero más allá de la experiencia y el aprendizaje de las franjas más inteligentes del movimiento – y la pausada constitución de una pequeña pero creciente masa crítica - emergen nuevas prácticas y concepciones de la política; éstas prácticas están sumergidas en dichas formas de acción social y emergen casi instintivamente. Desde esa perspectiva, no es sólo que el diálogo no funcione por la “crisis de representación” sino también porque el movimiento es renuente a las prácticas formales de la política e incluso a la representación misma como concepto de lo político. Entre líneas y en potencia se lee que la esterilidad de la política formal no solo deriva del desprestigio por la corrupción y el oportunismo de los “profesionales de la política”, sino de un sistema político representativo que -como concepto e institución e independientemente del binominalismo o de los procedimientos de inscripción y voto- ha sido hasta ahora impotente para procesar la vitalidad del movimiento. En el fondo, la incomodidad de Bulnes así como la manifestada episódicamente por la Concertación y por la propia izquierda confiada, deriva de las significativas tendencias autónomas que – aún latentes, es decir, no convertidas en fuerza colectiva propia y principal - ostenta el movimiento estudiantil, especialmente el activo secundario y el universitario regional.

En este sentido, la potencialidad del movimiento también se expresa en sus formas de organización que ponen el acento en la auto-representación y en diversas prácticas de radicalidad democrática. En muchos casos se trata de la eventual emergencia de una cierta “ética” que privilegia la existencia de lo colectivo, de la comunidad de voluntades, por sobre el impulso individualizante. Es la vieja escuela de la práctica que, bajo ciertas condiciones históricas, acuna sujetos y proyectos emancipadores. La larga épica obrera y popular, inspirada en el marxismo, en las ideas socialistas, libertarias, cristianas y otros idearios emancipadores, expresaron esta nueva ética de la humanidad como emplazamiento directo a la inhumanidad del capital. Las luchas de los desposeídos y explotados avanzaron desde las reivindicaciones salariales y de mejores condiciones de trabajo, hacia la demanda por la abolición del propio modo de vida capitalista. Este proyecto, provisto de un profundo contenido ético, se propuso también la emergencia de una humanidad nueva, artífice de su propia historia, dónde la realización colectiva fuera condición para la realización individual. Esta aspiración a una relación virtuosa entre individuo y colectivo, negada recurrentemente por el capitalismo y las experiencias estatalistas de inspiración socialista, se nos aparece como necesidad urgente frente a la dinámica del capital que nos arrastra al barranco, y está latente también en las prácticas emancipadoras de los movimientos actuales.

Las formas de organización en base a instancias de deliberación colectivas -aunque muchas veces parezcan ineficientes-, la idea del vocero como mero exponente de la voz común, la idea de un cuerpo colectivo que toma decisiones colectivas y por lo tanto “si erramos, erramos todos y si triunfamos, triunfamos todos”, son pequeños ejemplos de esa relación virtuosa. Cuando la realidad, los hechos sociales y políticos, son resultado de voluntades comunes, una creación común y consciente, se genera una fuente de identidad y una praxis de construcción muy robustas: “soy obra de esta historia tanto como esa historia es mi propia obra”. El intento bien o mal intencionado por administrar esas tendencias y energías colectivas, generalmente termina disipando -a veces ahogando trágicamente- las energías colectivas. Más de una vez, las decisiones de autonomización han sido la respuesta espontánea frente a la manipulación, la cooptación y al acuerdo a espaldas de los actores. Y de eso hay mucho en este país. Las tendencias a la independencia de lo social, las prácticas de autonomía, presentes en las movilizaciones de los últimos años, deben ser entendidas como potencias emancipadoras y estimularse, desarrollarse, más que adocenarlas intentando acumular fuerza propia a costa de ellas; hay que abrir paso a una politización de lo social. El proyecto emancipador – no sobra recordarlo- tiene que responder no sólo a la debacle del capitalismo sino también a la debacle del proyecto de construcción socialista donde las relaciones partido-masa y estado-sociedad, fueron mal tratadas al punto que ahogaron la vitalidad de las propias fuerzas que lo originaron. Si hay una discusión de primera prioridad en el marxismo y en las corrientes emancipadoras hoy día, es en torno a este punto crucial.

Por ello, vocerías, deliberación colectiva, asamblea, construcción de colectivos, horizontalidad, auto-representación, formas organizativas que arrancan con las prácticas de los años noventa y que los secundarios han mantenido desde el 2001 hasta hoy, deben cuidarse y estimularse. Hay que cuidarlas no solo de la reacción de las clases dominantes y su necesidad de imponer el “orden”, sino también de las tentaciones de la izquierda tradicional que debe demostrar al poder su capacidad de maniobra para fortalecer su lugar en las instituciones de la república y su sistema político representativo. Ya Tellier nos adelantó algo en su entrevista en La Tercera del domingo 7 de agosto pasado.

Para caracterizar un movimiento y sus luchas usualmente se recurre a su composición de clase y/o a los contenidos programáticos que éste levanta. Sin embargo, en la actualidad, hay que agregar otra dimensión, una variable anteriormente secundaria: me refiero a las formas organizativas. En las condiciones actuales de desarrollo del capitalismo, las formas son contenido y por tanto son cruciales en la configuración del carácter de un movimiento. Por decirlo de un modo aproximado: un mismo Programa levantado por una misma constelación de fuerzas sociales puede adquirir un carácter radicalmente distinto con una táctica restringida al campo de la política representativa y del Estado, o si, alternativamente, se realiza como ejercicio de sujetos colectivos auto-representados que ejercen soberanía en y más allá del Estado. Mientras esas formas no sean convertidas conscientemente en proyecto, las tendencias que permiten caracterizar las potencialidades emancipadoras de un movimiento, incluso a espalda de los propios sujetos implicados, se relacionan muy estrechamente con esas formas de organización y métodos de trabajo colectivos. Lo que aparece como desorden a ojos de las clases dominantes y de los burócratas de la política, expresa la latencia de prácticas emancipadoras que tarde o temprano romperán la camisa de fuerza liberal-burguesa con que se concibió y ejerció hasta hoy “la política”.

¿Y los trabajadores? ¿Qué se puede decir de su ausencia y de la idea del "ciudadanismo" que se ha ido instalando en los movimientos sociales? ¿Cuáles son las implicancias de este nuevo paradigma social?

Por más de tres décadas la teoría social, la historia y la política han dejado de considerar al trabajo humano como concepto clave y determinante en la configuración y dinámica de la sociedad, desplazándolo del lugar central que antes tenía en ellas. Paralelamente, la clase trabajadora, y en especial la clase obrera, ha desaparecido de la escena política e incluso de la propia producción - tema sobre el cual volveremos. La derecha ha sustituido a esta clase, por categorías como el "emprendedor" y el "consumidor"; la izquierda “progresista”, en distintos momentos, por las categorías de "el ciudadano", "las mujeres" y "las minorías sexuales"; y los tecnócratas de toda estirpe, como objeto de las políticas públicas, por “los sectores vulnerables”, "los pueblos originarios" y "los pobres": ciudadanos pobres, mujeres pobres, minorías sexuales empobrecidas, niños pobres, ancianos pobres, etc., claramente todos pobres, pero en cuanto tales, sin el glamour que exige la moda intelectual del momento.

Ese desplazamiento del trabajo y los trabajadores, ha dado paso a la emergencia de multiplicidad de sujetos sociales. Para las corrientes postmodernas más reaccionarias, tales sujetos finalmente se diluyen en una masa de subjetividades particulares (individuales) no susceptibles de aglutinar o responder a “lógica de equivalencia” alguna; tales subjetividades son inconmensurables y no dan siquiera para populismos; es el fin de la política y de todo valor universal. Otras, las menos conservadoras, reconocen la plausibilidad de la conjunción de intereses transindividuales y reponen la política pero solo como fenómeno episódico, contingente y transitorio, tanto como lo es una coyuntura particular. Para éstas, los conflictos pueden expresar una subjetividad colectiva pero por única e irrepetible vez; no hay lugar para la memoria colectiva ni para ningún presente histórico que contenga en potencia un futuro colectivo; todo es contingente, ningún horizonte histórico, ninguna verdad y ninguna utopía, siquiera como idea reguladora o recurso movilizador. En oposición a éstas corrientes y en defensa de las promesas de la modernidad, más esperanzador ha resultado el esfuerzo de las teorías que relevan el rol de la acción comunicativa y la construcción de consensos sociales como campo de acción privilegiado de la política. Sin embargo, de todos modos, en la época del “giro lingüístico”, la centralidad del trabajo ha desaparecido de escena.

Estas corrientes teóricas han permeado fuertemente a las franjas ilustradas de la sociedad. Un segmento “progresista”, haciéndose eco del monopolio ideológico que ostenta la concepción liberal de democracia, ha adoptado con toda naturalidad al “ciudadano” como el sujeto político por antonomasia; el citoyen criollo, que independiente de su lugar en la ciudad -y la producción-, es el soberano del poder político de la nación bicentenaria. Como sea, este ciudadano es el “hombre político”, aquel que realiza su libertad ejerciendo soberanía en el espacio de la interacción lingüística en torno a materias de lo público.

Pero sabemos que libertad formal no es igual a libertad sustantiva; esta distinción devela el límite insalvable de toda sociedad de clases. Por ejemplo en este país, aún cuando se eliminaran las ostensibles limitaciones que impone al citoyen criollo la Constitución de Lagos-Pinochet, tales como el sistema binominal, el sesgo presidencialista del régimen político o la ley de financiamiento y funcionamiento de partidos políticos, tal distinción mantendría toda su validez.

La distinción entre libertad formal y libertad substantiva es de la mayor significación en las nuevas condiciones de funcionamiento del capitalismo actual, y si bien nuestras herramientas teóricas apenas balbucean una interpretación del presente post crisis del estatalismo socialista, desarrollos recientes justifican reponer una idea crucial de Marx: la centralidad del trabajo, la centralidad de esa elemental actividad humana que es el trabajo entendido como praxis social productiva y reproductiva.

El capitalismo del nuevo siglo ha extendido su lógica a casi todas las esferas de la vida social transformando en mercancía todo objeto tangible, intangible o virtual susceptible de vender y comprar; ha extendido por doquier las relaciones sociales capitalistas y sometido al imperativo de la acumulación a los más diversos espacios personales y comunitarios. Pero así como el capital se extiende, también más actividades humanas se vuelven trabajo, trabajo para el capital. Este proceso ha implicado la emergencia de nuevos contingentes de trabajadores vinculados a la producción de esas mercancías. Sin embargo, en la medida en que tales contingentes y mercancías, especialmente las intangibles y virtuales, adoptan nuevas estéticas no han sido fácilmente reconocibles por la vieja clase obrera o por el sindicalismo clásico. Si entendemos que el capital no es una cosa ni una forma, sino una relación social, quien produce socialización, afectos o conocimientos, tanto como quien produce carbón o zapatos, si lo hace mediado por una relación de compra y venta de su fuerza de trabajo al capital, es un trabajador, produce plusvalía y sirve a la acumulación de capital, independiente que el mismo lo crea o no y sea o no reconocido por otros, por ejemplo por los “obreros manuales”, en su calidad de tal. La izquierda tradicional y el sindicalismo clásico fetichizaron el trabajo así como el salario, en el primer caso, reduciéndolo a la forma material de la actividad o del producto, y en el segundo, a su forma dinero; su imaginario, su apreciación estética, ha impedido comprender que en el capitalismo actual la clase trabajadora se ha extendido bajo nuevas formas y aumentado su peso a pesar que los empleados en sectores extractivos, agrícolas e industriales, lo disminuyan, incluso en algunas ramas en términos absolutos. Y todo esto sin contar los cientos de millones los trabajadores asiáticos y este-europeos recientemente incorporados a los circuitos de la acumulación de capital mundial.

Lo señalado ya es argumento suficiente para recuperar la centralidad del trabajo. Sin embargo, el capitalismo actual nos entrega otras razones que, más allá de la dimensión puramente cuantitativa, se relacionan con los aspectos cualitativos de la producción.

El capitalismo del nuevo siglo también ha debido avanzar en otras direcciones. Un área clave ha sido la extensión y profundización de los mecanismos de control socio-culturales requeridos para resolver las contradicciones que derivan de una expansión sistemática y duradera de la productividad del trabajo provocada tanto por el cambio técnico duro – nuevo capital fijo y circulante- como por las sucesivas reorganizaciones de los procesos de producción y trabajo. Mucho antes de la crisis del patrón fordista en los países centrales, el capital extendió su esfera de preocupación desde la producción y circulación de mercancías a la esfera del propio consumo. En efecto, sostener una dinámica de producción creciente de mercancías obligaba generar una capacidad de absorción proporcional por el lado del gasto pero -y esto es lo que queremos relevar- no sólo como mera capacidad de compra sino como disposición a la compra, como disposición subjetiva al consumo. Esto no es trivial, pues si me doy a entender bien, no me refiero sólo a la expansión de la demanda - en parte garantizada por la regla fordista de aumentos reales del salario acordes con el aumento de la productividad- sino antes que eso, a la expansión de las necesidades como motor de la expansión de la demanda. Estoy hablando, por tanto, de la administración “racional” de las subjetividades con el fin de inducir un crecimiento incesante de las necesidades y naturalizar así el consumo compulsivo e irracional, el consumo basura y el despilfarro, fenómeno que más recientemente se ha llamado “consumismo”. Esta manipulación de las necesidades, cuando se transforma en industria, en industria de la producción de subjetividad para el consumo, inaugura otro momento del capitalismo. De hecho, usando una categoría de Agnes Heller para caracterizar el estatalismo de los ex países socialistas europeos, el capitalismo se ha vuelto una “dictadura de las necesidades”, solo que a diferencia de tales regímenes, dicha dictadura opera bajo la apariencia de la libertad, “la libertad de elegir”, dirían los esposos Friedman.

Dicho esto, surge entonces una interrogante crucial: ¿Cual es el verdadero carácter de esa escasez con la que se nos aterroriza cotidianamente? ¿Es ésta un límite malthusiano, es decir, un estado natural de desbalance entre población y recursos? ¿O por el contrario, se trata de un desbalance artificialmente originado y sostenido sobre la base del modo de vida vigente?

No podemos desbrozar todas las implicancias que tiene una pregunta de este tipo, pero hay un aspecto que interesa resaltar aquí. Pensemos al revés. ¿Qué pasaría si la sociedad organizada arrebatase al capital el poder que éste ejerce sobre las necesidades y las auto administrara –definiera, jerarquizara, etc.- en concordancia con el desarrollo de las facultades humanas y de acuerdo a criterios de sustentabilidad social y ecológicas? Sin duda que la escasez impuesta por el capital se volvería superflua. En efecto, esta escasez es resultado de la expansión incesante de las necesidades inducida por el capital y su imperativo de la acumulación. Es fácil darse cuenta que si el trabajo se hace cada vez más productivo con el apoyo de la ciencia y la técnica, es absurdo que la gente trabaje más y/o más intensivamente. ¿Por qué aumenta el tiempo de trabajo y su intensidad y no el tiempo de no trabajo, el tiempo libre, si es evidente que el trabajo se ha hecho mucho más productivo en una trayectoria de innovación y cambio técnico acelerados y de largo plazo de la que nunca antes se tuvo razón? En efecto: si las necesidades no se desbocaran como sucede bajo el régimen del capital, la jornada de trabajo podría haberse reducido en proporción al aumento de la productividad. Por cierto, factores demográficos -crecimiento poblacional, transición etaria- y la pobreza estructural de décadas, absorben el efecto de una productividad acrecentada pero no completamente como para justificar una intensificación del trabajo y la mantención de un estado de escasez que nos amenaza diariamente. No, no; la clave está en la tiranía del capital que no solo reina en las esferas de la producción y la circulación de mercancías, si no, como ya se ha dicho, también en la esfera del consumo ocupándose de la multiplicación de las necesidades con arreglo a sus fines, que no son, precisamente, los fines de una humanidad emancipada.

Llegado a este punto, podemos entonces relacionar las luchas sociales que toman forma en los movimientos sociales cuya estética evoca actores como los ciudadanos, consumidores, mujeres, jóvenes, etc., cuyos contenidos giran en torno a la democracia, los derechos individuales, el medio ambiente, los derechos reproductivos, etc., con la idea de la centralidad del trabajo.

En efecto, al caracterizar el capitalismo actual como “una dictadura de las necesidades”, caemos de bruces nuevamente en la dimensión de la producción y del trabajo, pues: ¿Qué si no significa emanciparse de tal dictadura? Simplemente reclamar soberanía respecto de las necesidades, es decir, de los fines de la producción y por tanto de la distribución de las capacidades productivas humanas, las capacidades colectivas de trabajo, del trabajo social. En simple: arrebatarle esas dimensiones de decisión al capital, significaría construir un orden social en que los propios productores – los trabajadores- fueran capaces de responder a las interrogantes económicas que nos enseñaron en la escuela cuando niños: qué, para quién y cómo producir. Claramente lo anterior significa cruzar el umbral de la libertad formal y entrar directamente al terreno de la libertad sustantiva; no se trata del citoyen que reclama derechos políticos civiles en la esfera de lo político, sino del sujeto colectivo radical, que quiere extender tales derechos a las profundidades de la vida misma, que politiza la existencia social al hacer del propio modo de vida un campo de batalla por el ejercicio de la soberanía.

Con todo no queremos decir que la problemática social y cultural que han reivindicado los movimientos sociales, sea reducible a la centralidad del trabajo. Ello no es posible y ni tiene sentido político plantearlo. Pero si decir que la izquierda tradicional y el sindicalismo clásico, impedidos de superar los límites de una visión fetichizada del trabajo y salario, no han podido establecer un diálogo estratégico con tales movimientos que permita potenciar sus luchas y unificar fuerzas en pos de una alternativa emancipadora. La izquierda y sindicalismo tradicionales han quedado atrapados en un imaginario que se resiste a ahondar en la complejidad del capitalismo actual. La primera, reduce las luchas de los ciudadanos a los límites de la democracia representativa sin siquiera recoger el legado teórico de una crítica radical al Estado, o peor aún, de las experiencias estatalistas de inspiración socialista que ella defendió; el segundo, limitando sus luchas a mejoras salariales y beneficios monetarios sin atreverse a criticar el contenido social del salario que, a fin de cuentas, es definido por el capital -alimento basura, vivienda basura (cuando la hay), ambiente basura, educación basura, salud basura, transporte basura, cultura basura, etc.- al manipular las necesidades y sus satisfactores. No estaría de más que nos preguntásemos si tiene sentido alguno seguir endosando nuestra soberanía a los profesionales de la política que, es archisabido, terminan subordinando los fines colectivos a sus intereses propios, o también, si lo que queremos es más salario y más ingreso para seguir consumiendo basura y horadando las bases naturales de nuestra propia vida.

Una fuerza más abierta puede entonces relacionar directamente gran parte de las reivindicaciones de los movimientos sociales y ciudadanos con las de los trabajadores; y no para subordinarlas o postergarlas para un incierto futuro posterior a la construcción de la nueva sociedad. No, no. Si, como hemos mostrado, se trata en el fondo de una misma reivindicación, lo correcto es contribuir a radicalizarlas, llevarlas al campo de la emancipación, al campo de la lucha por la libertad sustantiva que implica luchar por hacernos del control de nuestras necesidades y construir los arreglos sociales que permiten definirlas, jerarquizarlas y satisfacerlas de acuerdo a los fines de los propios productores, o lo que es lo mismo, distribuir y asignar el trabajo social y el tiempo libre, de acuerdo a los fines de los propios trabajadores. Y también a la inversa, aprovechar y potenciar las formas democráticas de acción de tales movimientos; prácticas y métodos organizativos que -en apariencia pre políticas- anuncian la política del futuro.

Así, la centralidad del trabajo, al partir del elemental hecho de la existencia de seres vivientes cuyo imperativo es su reproducción y por ello compelidos a producir las condiciones materiales y simbólicas de su existencia, lo que se releva es un acto eminentemente práctico: el trabajo; una praxis constitutiva que, por más que sus formas hayan cambiado en la época del capitalismo actual, sigue siendo un campo de batalla entre el modo de vida del capital y un modo de vida emancipado de su tutela.

Santiago, 14- 15 de agosto de 2011.

[1] Este artículo fue redactado sobre la base de una entrevista solicitada a inicios del mes de agosto por la revista “La chispa” (www.lachispa.cl), experiencia de trabajo auto gestionada y común de diversos colectivos estudiantiles de la Universidad de Chile. Se ha cambiado ligeramente la redacción de las preguntas y reordenado el orden original de los temas.

[2] Investigador de Plataforma Nexos, www.plataforma-nexos.cl. Se agradecen los comentarios de Roberto Merino de Actuel Marx/Intervenciones y Manuel Ossa, Sara Kries y Pedro Landsberger, investigadores de Plataforma Nexos.

Fuente: Resumen

viernes, 17 de septiembre de 2010

A 200 años ¿Qué tan independientes somos?

Rafael Agacino responde

En primer lugar tiene sentido preguntarse ¿quiénes somos ese "nosotros" implícito en la pregunta? En el siglo XIX habitaron este "trozo colonial", por arriba, la oligarquía criolla -mezcla de rentistas, capitalistas del comercio, del transporte y la extracción, y la burocracia religiosa y cívico-militar- y por abajo, el artesanado, el peonaje, y pueblos indígenas aún en franca resistencia e insumisos.

El proceso de independencia, sabemos, no fue una obra de ese "nosotros" sino solo de una fracción de los de arriba, por más que segmentos populares e indígenas constituyeran una fuerza social de apoyo imprescindible. De los de abajo, muchos ni siquiera comprendieron el significado de la ruptura y otros tantos aprovecharon el desenlace para pasar a otra fase de la larga guerra contra el invasor.

Sabemos que aquí la independencia fue impulsada y organizada por los de arriba, que a diferencia de Haití o de otros territorios como la Gran Colombia o la mayor de las Antillas, la presencia "política" de los dominados fue subordinada, que su contenido descolonizador y popular, siempre subalterno, fue utilizado por una reconfigurada clase dominante para sus propios fines.

En efecto, los colonialistas ahora devenidos "independentistas", "patriotas", "chilenos", tuvieron que hacer lo que toda elite de poder debe hacer para constituirse y legitimarse: proveerse de una identidad política-ideológica, de una iconografía, de una institucionalidad y de normas, todas condiciones necesarias para inventar, sobre un territorio originariamente robado, una nación, un Estado y un país a su imagen y semejanza. Y este invento histórico, como antes la conquista y la colonización, se fundó en un acto de fuerza, fuerza ejercida ahora contra los realistas y sus aliados pero sobre todo contra los de abajo, fueran éstos los integrados al nuevo modelo de acumulación (los explotados), o bien, los "extranjeros internos, los pueblos indígenas resistentes (los oprimidos). Por ello, este invento acaecido en la periferia de la economía mundial, nació doblemente fracturado: el "nosotros" incluía en calidad de explotados a las masas trabajadoras destinadas a generar excedentes (primera fractura), y excluía, en calidad de oprimidos aunque no explotados, a los que había que desplazar o exterminar para continuar la ocupación y apropiación de tierras y demás recursos (segunda fractura).

Estas fracturas serán el trasfondo estructural de la lucha de clases entre capital y trabajo y entre opresor y oprimido que recorrerá toda la historia de este invento llamado Chile. Toda la política, todas las estrategias y todas las tácticas, de los de arriba y de los de abajo, tendrán ese telón de fondo; desde el lejano pasado hasta este mismo instante cuando, en el norte, 33 mineros, enterrados a más de 700 metros, sufren la impudicia del capital y en el sur, 32 presos políticos mapuche, enfrentan esa misma impudicia del mismo capital, apelando al dramático recurso de la huelga de hambre.

En segundo lugar, debemos insistir en que el proceso de consolidación del capitalismo chileno ha requerido disciplinar social e ideológicamente a los explotados incluidos y a los oprimidos excluidos. La estrategia de disciplinamiento social y económico combinó garrote e imposición de la escasez. Las leyes contra el bandolerismo y el vagabundaje para forzar al trabajo asalariado, las guerras de pacificación para someter, desplazar y "liberar" tierras y recursos, y las múltiples formas de represión, dejaron una estela de lodo y sangre, fue la huella del capital obligando a grandes masas a emplearse para hacerse de las mercancías para vivir, y a otras, al éxodo hacia las profundidades o hacia los bordes del territorio para sobrevivir a la constitución de la Patria, de la República.

El disciplinamiento ideológico, buscando legitimidad y consentimiento, apeló al nacionalismo y al racismo. Al nacionalismo, porque se afanó por absorber lo popular en el "ser chileno", ora enalteciendo la imagen del "roto", el valiente y aguerrido defensor de la patria, ora apelando a la "chusma" cuando éstos, los incluidos súper explotados, maduraban en conciencia de clase. Y al racismo que, luego de la "pacificación", se transformaría lentamente en el sutil expediente que hasta hoy hace iguales a empleado y patrón frente "los otros", los "indios", la masa excedente del territorio a la cual hay que negar. A estos, los "extranjeros del interior", sólo les queda el sometimiento, el silencio, la ausencia como pueblo, como cultura, como nación.

No son de extrañar entonces los ce-hache-í-ele-é, las banderas chilenas en el fondo del socavón, la valentía "del chileno", alentada y difundida por toda la prensa del poder, mientras el silencio, la negación, se reservan para las vidas que hora a hora continúan consumiéndose en las celdas de las chilenas cárceles del sur. Solo las franjas más conscientes de los explotados y los oprimidos, solo los espíritus más sensibles, los luchadores a toda prueba, han sacado la voz denunciando la trampa ideológica y el cerco informativo del poder, un poder que ha colonizado nuestras mentes con su Patria y su "Raza".

Y en tercer lugar, no está demás recordar que la clase dominante reconfigurada al ritmo de la independencia, por más que apelara al nacionalismo frente a las masas, no asumió nunca un carácter "nacional" con intereses estructuralmente opuestos al orden mundial. Por el contrario, desde siempre ligó su ideología e intereses al centro. Y que no nos llamen a confusión las múltiples contradicciones fraccionales que la han acompañado, pues desde carreristas y o´higginistas a neoliberales y republicanos, pasando por liberales y conservadores, éstas se relacionaron más con las vicisitudes del propio centro metropolitano que con la emergencia de proyectos genuinamente "nacionales" con propósitos contrapuestos al capital mundial.

La economía chilena, desde el boom del trigo, del guano, del salitre, del cobre, o de los recursos naturales no cupríferos de nuestros días, así como la propia "sociedad chilena", ha sido en general una sociedad extravertida y dependiente. Por ello en el origen de la independencia, la disputa entre pro yanquis y pro ingleses; por ello ahora, después de casi un siglo de hegemonía estadounidense, la recolonización del territorio y sus riquezas por el imperialismo europeo y en particular por el español.

Casi pudiera decirse, rememorando a Luis Vitale, que las clases dominantes inventaron Chile para venderlo, que inventaron este artificio jurídico-político, este Estado, para expropiar a los originarios y para explotar a los trabajadores haciéndolos titulares de una supuesta ciudadanía reconocida por ese truco llamado Chile que hoy cumple doscientos años.

Así las cosas, la independencia ha sido, por una parte, un largo proceso de apropiación y expropiación de las fuentes de riqueza de los originarios, y por otra, de apropiación y expoliación del talento productivo de los nacidos y criados como fuerza de trabajo. Se trata de una independencia del capital, de una independencia cuyo lado oscuro ha sido y es la sistemática y creciente guerra contra la autonomía, soberanía, y libertad sustantivas de los oprimidos y explotados, valores que reconocidos episódicamente en las constituciones y leyes, se niegan diariamente en las prácticas vitales. El capital ha construido su matrix patriótica, racista y capitalista y se dispone triunfante a celebrar su cumple siglo. Es tarea nuestra, al menos en esta vuelta, aguarle la fiesta; ya habrá ocasión para enfrentarle en toda la línea y disputarle radicalmente el presente y el futuro. Por ello entonces, nada que celebrar, mucho que organizar.


Santiago, 1 de septiembre de 2010

Rafael Agacino

Investigador Plataforma Nexos.

Fuente: Resumen

jueves, 26 de agosto de 2010

Una reseña histórica del MIR

Desde 1965 hasta fines de los 80´s:
Invierno de 1965 y una juventud que maduraba física y políticamente deciden decir basta a una forma “tradicional” de hacer política.
Dicen basta a un cúmulo de experiencias sectarias que venían surgiendo en el seno de la izquierda; y de la mano de algunos militantes con más experiencia fundan el movimiento de izquierda revolucionaria (MIR).
En toda la historia de la izquierda chilena, jamás se había fundamentado una organización que recogiera en su quehacer el carácter político-militar de la misma.
Si bien, los primeros años se caracterizaban por un desorden interno, propio de la falta de experiencia, lo que en palabras de Miguel se traduciría como “una bolsa de gatos”, no se perdía el norte, e impulsando una política revolucionaria que sería recogida por los pobres del campo y la ciudad, la organización se convierte en una fuerza política dentro del espectro de la izquierda clásica chilena.
Surgen avances significativos, se logra ganar una federación que históricamente estaba en manos de otros sectores, también se cometen ciertos actos que llevan a la militancia a una primera clandestinidad, pues es secuestrado el periodista Mauricio Osses y dejado al desnudo fuera de la casa del deporte cuando finalizaba una fiesta universitaria, periodista que fastidiaba permanentemente a la nueva y joven organización.
Cuando la izquierda tradicional alcanza el triunfo de la mano de Salvador Allende, se libra de cargos a la organización, esta a su vez, reafirma su posición combativa y se compromete a brindar un apoyo critico al nuevo gobierno.
No eran tiempos más fáciles, los partidos hegemónicos de la Unidad Popular, temblorosos, intentaban disputar todos los espacios en donde creciera este poder popular autónomo a los poderes del estado. Causando mucha molestia, el MIR se abría camino defendiendo a los más pobres del campo y la ciudad, con el impulso de los frentes de masas. Entre ellos destaca el Frente trabajadores Revolucionarios (FTR); Movimiento de Campesinos Revolucionarios (MCR); Frente Estudiantes Revolucionarios (FER) o MUI (Movimiento Universitario de Izquierda en la Universidad de Concepción).
Los conflictos fueron a todos los niveles, acusaciones más, acusaciones menos, peleas y abandono de mesas, paneles donde se compartían las propuestas programáticas de la izquierda.
En la Universidad de Concepción, se da muerte por parte de la brigada Ramona Parra perteneciente al Partido Comunista, al compañero Arnoldo Ríos. Otra vez el reformismo cobraba una vida a un compañero. Por otra parte y a nivel dirigencial del PC chileno, los descalificativos para la organización crecían sin medida: afiebrados, aventureros y que se dormía en los cuarteles militares.
-Táctica que permitió a la organización advertir de antemano la contraofensiva reaccionaria- mientras los jolgoriosos acusadores, hacían acuerdo con la Democracia Cristiana, firmaban el plan Millas de devolución de las empresas y levantaban el gabinete cívico-militar.
El MIR era novedoso en todo sentido, recogía la experiencia revolucionaria de Cuba, el ejemplo del Che, y a la vez rechazaba la alineación con las políticas de los socialismos del este.
Era la primera generación que ya en aquel entonces no confundía la organización de vanguardia revolucionaria con una secta hiperclandestina.
Vino lo que todos esperaban, los tanques salieron a defender a los latifundistas, a los patrones y saqueadores de Chile que veían como sus privilegios eran recuperados por la dignidad del pueblo.
Los gorilas ponían de golpe, el fin a un ascenso en la lucha por el socialismo.
La consecuencia mirista procura defender a aquellos que juró defender. “Si todo el pueblo no cabe en un avión ningún militante del MIR se asila”.
Esta muestra de consecuencia, de vivir como se dice, se traduce en golpe tras golpe para nuestra organización y el conjunto del pueblo.
Muchos compañeros pagaron con su vida el compromiso, pero eso tampoco fue motivo para organizar la resistencia.
Replegados en poblaciones, fundos, fabricas, liceos y universidades, los miristas desde el primer día se pusieron en disposición de combate, y junto al conjunto del pueblo, lograron poner en jaque a la dictadura, romper el miedo y el cerco comunicacional impuesto, mientras los reformistas de antes hacían acuerdos para caer en gracia en una concertación que daba sus primeros pasos.
Tenemos en los ochenta las experiencias guerrilleras de Neltume y Nahuelbuta, la operación retorno, la lucha en las poblaciones, en los liceos y universidades.
Tenemos el ejemplo de esta indómita zona sur, en donde los ojos de los poderosos pusieron sus ojos ante la amenaza de un levantamiento popular en esta región, así, en momentos en que la represión imponía su mano de hierro, logran desbaratar una tras otra dirección. Sentido es todavía el ejemplo de los compañeros que encontraron la muerte en el sector de la feria en agosto del 1984.
Y así tantos otros que pusieron el cuerpo contra la dictadura y las manos para levantar una conciencia política que pusiera fin a la dictadura gorila y que abriera el paso a la sociedad socialista, pero los aprovechados de siempre, oportunistas politicastros, reformistas y no tanto querían otra cosa; optando así por la salida concertada, armando un negocio y amarrando leyes que hasta el día de hoy mantienen los privilegios para una minoría, para los saqueadores de Chile.
Así, en los albores de los noventa, el MIR rechaza de plano cualquier acuerdo conciliatorio con las clases dominantes, se vuelve nuevamente al pueblo con el ejemplo y la dignidad de siempre.
Viriato
Década de los 90´s:
Los 90 son tal vez, en términos orgánicos, la década mas desconocida del MIR, lo cierto es que para fines de los 80 esta orgánica estaba destrozada, sus esquirlas habían saltado por todo el país, regándolas en infinitas fracciones y grupos. El drama no era exclusivamente orgánico, más triste aun, sus heridas hacían añorar el pasado, buscar en la simbología, en sus muertos, el mito desgarrado.
Desde ese punto se comenzó la reconstrucción y refundación en tiempo donde ya no existían grandes luminarias. Con ganas y con mucha fuerza, y por que no decirlo, sin viejos mariscales que no solo bajaron las banderas, sino que también intentaron hundir la embarcación.
En los 90 se continuo construyendo organización para la guerra contra el capital, una generación joven, acompañada de viejos honestos y de base, críticos al punto de que ya leían las concesiones y retrocesos del proceso cubano, y que hacían lucida síntesis de los llamados socialismos reales, se volvió a la cuna que vio nacer al MIR, a las entrañas del Pueblo Pobre y del Pueblo Nación Mapuche. Desde allí y desde la síntesis hecha en el congreso “Comandante Mario Vásquez”, volvió a nacer un relato que hace identidad, un discurso que convocó a los marginados, una caja de herramientas puesta al servicio de los insumisos para volver a soñar, una Bitácora para dar cuenta del viaje de los explotados durante un siglo, y que fijaba coordenadas hacia el socialismo, que ya no puede ser a secas, pues como muchos hoy reconocemos, debe ser ecológico, multiétnico, y profundamente libertario.
En la década en donde el MIR se dotó de un Ejercito Guerrillero de los Pobres, al mismo tiempo que promovió la génesis de colectivos autónomos de la institucionalidad y del pensamiento dominante, sin duda que este hizo un gran aporte a la construcción de un pensamiento revolucionario, intentó un regreso al pensamiento primigenio del mirismo, construyó una orgánica reflexiva, crítica, iconoclasta, pero también cometió grandes errores y entregó a muchos de sus preciosos hijos a la historia de las luchas del pueblo. Ejemplo y experiencia para la nueva generación de la construcción del proyecto revolucionario en Chile.
Mario
Desde el 2000 al presente:
Los esfuerzos de los 90s, de la caja de herramientas, de la Bitácora, tienen como resultado la influencia para toda una nueva generación de revolucionarios guiados por la tradición y consecuencia mirista.
Como pueden ver, no fueron en vano los esfuerzos y el recambio generacional le da vitalidad y rejuvenece una matriz, que años anteriores, se veía muy dispersa.
Junto con esto, el nuevo flujo de movimientos sociales, de descontento organizado, que tienen como protagonistas a los estudiantes, pobladores, trabajadores activos e inactivos, reafirma la necesidad de un proyecto político revolucionario, reafirma la necesidad de una vanguardia política que le de conducción de nivel superior a todas las formas de lucha. Para eso, nos propusimos la tarea de construir esta organización desde lo más básico.
Todo estaba por hacerse, y como la antigua generación, nos dispusimos nuevamente a organizar el movimiento de izquierda revolucionaria, porque el proyecto no se ha terminado.
Los golpes fueron duros y certeros, más vendrán, tenemos que estar preparados, pero asumimos el riesgo, por sobre todo asumimos el compromiso con los pobres del campo y la ciudad. Hoy, como nunca en la historia post dictadura un MIR se ha hecho tan necesario y urgente.

Somos la nueva generación para la continuidad del proyecto revolucionario de Chile, somos el MIR, luchamos para vencer.

Nadie nos dará segundas oportunidades,
Nadie nos otorgará el derecho de la duda,
Pero nadie nos trancará el paso.

Viriato y Mario

miércoles, 30 de junio de 2010

La juventud en las luchas sexuales

Reproducimos a continuación y de forma integra, una ponencia para una charla-debate publicada en la página www.rebelión.org en octubre del año 2007, del compañero vasco (lo que explica la constante alusión a Euskal Herria) Iñaki Gil de San Vicente, titulado: “La juventud en las luchas sexuales”. Creemos que lo planteado aquí es un tema de importancia, y en el que a nuestra izquierda revolucionaria le ha faltado radicalidad en su comprensión, lo ha dejado de lado, o lo que es aún peor, ha incurrido muchas veces en reproducir el conservadurismo propio del terrorismo moral del pensamiento dominante.


1. ALGUNAS DEFINICIONES NECESARIAS

2. SEXUALIDAD Y SEXUALIDADES

3. FRENOS Y OBSTÁCULOS A LA SEXUALIDAD

4. CONTRAPODER JUVENIL Y LIBERACION SEXUAL


Dentro de poco va a cumplirse el décimo aniversario del número monográfico que la revista Ezpala dedicó a la sexualidad. Esta revista ya no existe. Como sucede con otros muchos avances concretos que nuestro pueblo va logrando en el camino de su emancipación, Ezpala fue también una víctima más de la represión española, en este caso hay que decir con más razón que nunca de la represión del sistema patriarco-burgués español. Sin embargo, tal como ha demostrado esta década pasada, durante la cual Euskal Herria ha superado todas las nuevas, más amplias e intensas estrategias represivas de los sucesivos gobiernos españoles del PP y del PSOE, el esfuerzo invertido en aquél número monográfico sobre la liberación sexual tampoco ha sido en balde. Mal que bien, con problemas innegables pero menores de lo esperado, nuevas oleadas de jóvenes autoorganizados, nuevas reflexiones colectivas y propuestas de acción práctica, nuevas movilizaciones en estas y otras cuestiones, atestiguan que el proceso de liberación nacional y social, la reuskaldunización de nuestro pueblo y la lucha contra el sistema patriarco-burgués y su orden sexual, no sólo no ha sido derrotado sino que coge más impulso, amplía sus bases y mejora sus alternativas de solución, y un ejemplo entre tantos lo tenemos en este debate que ahora mismo mantenemos.


Se ha puesto a vuestra disposición uno de los textos de aquél número --Evolución y enmarque de la liberación sexual en la lucha de liberación vasca-- que está también disponible en Internet. Siempre es necesario repasar críticamente lo que se pensaba y se hacía en el pasado para ver en qué y por qué ha cambiado la sociedad en ese problema y, por tanto, qué acciones e ideas nuevas tenemos que introducir; qué errores se cometieron, qué puntos débiles teníamos, cuanto hemos avanzado y en qué, cuanto y en qué hemos retrocedido. Como habréis visto al leerlo, se trata de un texto no dedicado exclusivamente para la juventud, con sus problemas específicos, sino más general; un texto destinado a dar una inicial base de debate colectivo, base que debía permitir avances posteriores en las múltiples formas que adquiere la sexualidad humana, es decir, avanzar en las múltiples sexualidades humanas. Aunque una década parece poco tiempo en todo lo relacionado con la sexualidad, en realidad, como veremos, durante este tiempo se han agudizado los problemas que se exponen en el texto que se os ha pasado. Por ello, las seis propuestas que aparecen en él al final mantienen toda su vigencia, y las recordaremos actualizadas al final de esta charla. Ahora vamos a desarrollar varios aspectos específicos a las luchas sexuales de la juventud vasca.


1. ALGUNAS DEFINICIONES NECESARIAS:


El primero se refiere al título de esta charla ¿por qué hablamos de “luchas sexuales” en vez de sexualidad? Hemos definido así la charla porque ya es hora de romper uno de los mitos más perniciosos del orden sexual dominante: el que la sexualidad es una práctica neutral, individual o a lo sumo de pareja, siempre privada y apenas relacionada con la política y la economía, o relacionada muy poco e indirectamente. Este mito es falso y está destinado a blindar y proteger el dominio del sistema patriarcal y burgués. Por sistema patriarcal hay que entender el poder del hombre sobre la mujer, poder que adquiere muchas formas diferentes, tantas como formas de relación y producción existen, y que penetra en toda la sociedad. Por sistema burgués hay que entender la sociedad capitalista basada en la explotación asalariada de la mayoría de la población, la clase trabajadora, por la minoría, la clase burguesa. En la realidad diaria, el patriarcado y la burguesía funcionan simbióticamente, se han unido formando el sistema patriarco-burgués que podemos definirnos, en síntesis, con la imagen gráfica de que el hombre es el patrón, el amo y el propietario de la mujer en todas las cuestiones, desde las sexuales hasta las del trabajo domiciliario, pasando por el control por el hombre del salario que obtiene la mujer si trabaja fuera de casa, y pasando también por el control masculino de la afectividad, de las emociones y de la personalidad de la mujer.


Sociedades anteriores, la feudal, por ejemplo, también tuvieron sus sistemas patriarcales de dominación de la mujer por el hombres, y las sociedades clasistas, etc.; incluso, hay que decirlo todo, en las sociedades postcapitalistas llamadas “socialistas” --sin entrar ahora a este debate-- también el patriarcado logró recuperarse de las derrotas aplastantes sufridas inicialmente al vencer las revoluciones, reorganizándose y contraatacando al son del ascenso de las castas burocráticas, generalmente compuestas por abrumadoras mayorías de hombres. El patriarcado se ha adaptado a todos los modos de producción porque es anterior a ellos, de hecho es la primera forma de explotación, y ha logrado hacerlo porque, al beneficiar a los hombres en general, éstos, la inmensa mayoría de los hombres, se han olvidado relativamente de las contradicciones entre ellos, entre explotadores y explotados, para oprimir conjuntamente a las mujeres, oprimirlas como sexo en todos los aspectos, dominarlas como seres inferiores y explotarlas como fuerza de trabajo muy especial ya que es la única que, por ahora, puede producir vida. Desde hace algo más de 3000 años antes de la era occidental, aproximadamente, esta opresión global patriarcal es una realidad innegable, habiendo sociedades, pueblos y épocas que han tardado más o menos tiempo en llegar a ella, y otras en las que tiene diversas formas más o menos intensas, suavizadas o parciales.


A lo largo de estos tiempos las relaciones de explotación, de poder del hombre sobre la mujer, han determinado de mil modos y formas todas las prácticas sexuales, incluidas las ilegales, las pecaminosas, las llamadas “aberraciones”, que en una sociedades eran perseguidas con la muerte o la cárcel, en otras eran toleradas más o menos y en otras, eran permitidas y, según cuales, legitimadas. Es por esta aplastante experiencia histórica, que tenemos que hablar siempre de “luchas sexuales” en vez de una abstracta y única “sexualidad”. Hasta hace pocos años, la única versión existente sobre la historia de las sexualidades humanas se reducía a repetir algunos tópicos como, por ejemplo, que la sexualidad no ha evolucionado, limitándose a la procreación; que siempre ha sido una sexualidad reproductiva biológicamente determinada por la “superioridad” del hombre sobre la mujer en cuanto ser activo frente a la mujer pasiva, ser reflexivo y consciente frente a la mujer irreflexiva y emotiva, ser donante y dirigente frente a la mujer receptiva y dirigida, etc. Junto a esto, se ha sostenido que las otras sexualidades, la homosexualidad, la zoofilia, el onanismo o masturbación, la bisexualidad, la polisexualidad, las diversas edades en las prácticas sexuales, las diferentes formas de matrimonio y de familia, el uso de artilugios eróticos y diferentes ungüentos, perfumes, pócimas, yerbas y bebidas excitantes, etc., todo esto y mucho más, sólo han sido “desviaciones” más o menos graves de una “sexualidad natural” biológica y genéticamente determinada.


Pero las cada vez más serias y rigurosas investigaciones históricas sobre las sexualidades, sobre su conexión y dependencia con las estructuras y conflictos sociales y, en especial, el estudio de estas otras experiencias desde las perspectivas de los colectivos oprimidos, especialmente por las historiadoras feministas, están sacando a la luz tanto la variabilidad y complejidad de las conductas humanas, de las relaciones colectivas e individuales, como sus dependencias para con los intereses de las minorías dominantes, que controlan el poder político, económico y cultural. Una constante que aparece en lo esencial en los estudios más científico-crítico al respecto es la interacción permanente desde el surgimiento de la opresión de tres variables como son: el sexo-género, la identidad étnica y/o nacional, y la pertenencia de clase. Al margen de las palabras que se usen en cada época y cultura, por ejemplo, raza, etnia o nación; clase, casta, status o posición social, y género, sexo o sexo-género, al margen de esto, lo determinante es que, por un lado, esta dialéctica de factores es innegable y, por otro lado, está supeditada en último análisis a la previa existencia de la propiedad privada de las fuerzas productivas, empezando por la privatización de la mujer a manos del hombre, su propietario, o sea, que la mujer es un especial y cualitativo instrumento de producción poseído por el hombre.


La privatización de la capacidad de goce sexual en manos del hombre fue el primer acto de privatización de los instrumentos y fuerzas productivas en manos de una parte de la sociedad en detrimento del resto, de la mayoría. La pérdida de la libertad sexual por parte de las mujeres no se realizó sin resistencias y, menos aún, en poco tiempo. Fue un período largo que ha dejado muchas muestras de su enconamiento en las tradiciones orales y en el lenguaje, culturas y religiones en casi todos los pueblos, muy especialmente en las que tratan sobre las formas de comportamiento de las mujeres, su sujeción explotada y pasiva en la sociedad machista. El hecho de que el patriarcado, además de necesitar ocultar o tergiversar aquella resistencia con mentiras religiosas, también y sobre todo necesita reforzarse periódicamente, recuperar su fuerza e implantación, recortar y hacer retroceder las libertades sexuales conquistas, especialmente las de las mujeres, esto es debido a que los hombres sabemos que no ha terminado definitivamente la “guerra de sexos”, como no han terminado la lucha de clases ni las guerras de liberación de los pueblos oprimidos. Son causas estructurales, objetivas e independientes de nuestra voluntad individual las que presionan imparablemente para que, al calor de las contradicciones de todo tipo, renazcan las reivindicaciones prácticas sobre derechos y libertades sexuales y reproductivas, sobre la necesidad de separar ambas prácticas y de poder ejercitarlas con todas las garantías históricamente disponibles para que sean extremadamente placenteras, seguras, deseadas y voluntarias, no sujetas a dictaduras ni divinas ni humanas, tampoco a terrorismos éticos y morales reaccionarios y políticas criminales e inhumanas de control, vigilancia y represión.


Utilizar conceptos compuestos como el de sistema patriarco-burgués sirve también para centrar el problema de la pertenencia de clase de la juventud, no sólo su pertenencia de sexo-género. La división social en clases enemigas también existe dentro de la juventud y sus efectos globales se plasman directamente en las muy distintas capacidades de disfrute de la sexualidad. Mientras que la juventud burguesa, la que ha nacido y muy probablemente vivirá toda su vida dentro de la clase dominante, posee muy superiores medios materiales y culturales para disfrutar de la sexualidad, la juventud trabajadora no los tiene, al contrario. Muchos estudios muestran que bastantes familias burguesas son frecuentemente más tolerantes y “modernas” en cuestiones como la sexualidad y otras que, por el lado opuesto, muchas familias trabajadoras. La ideología machista, siendo una, se vive de diversas formas según cada clase. Pero siendo importante el ambiente normativo y valorativo en cada clase, lo decisivo es que la juventud burguesa tiene aseguradas posibilidades de disfrute sexual muy superiores a las de la juventud trabajadora.


Para la juventud trabajadora es de vital valor tomar conciencia de que todo lo relacionado con sus prácticas sexuales es parte constituyente de su emancipación colectiva e individual, y tanto más lo es para las mujeres jóvenes que no tienen que esperar ni un segundo para autoorganizarse por su cuenta, independizándose de la recelosa y celosa tutela de las organizaciones mixtas --siempre controladas por los hombres en las cuestiones decisivas-- y echar a andas por ellas mismas cuanto antes. La autoorganización sexual y de género de las jóvenes es el requisito imprescindible para que su lucha tenga visos de victoria. Saber que el sistema patriarco-burgués no concede ningún derecho gratuitamente a la juventud, siempre está preparado para contraatacar y recuperar lo que ha perdido restringiendo aún más libertades y felicidades juveniles, entenderlo así es crucial para avanzar en una sexualidad emancipada.


2. SEXUALIDAD Y SEXUALIDADES:


Antes de seguir debemos explicar qué relación existe entre la sexualidad en singular y las sexualidades, en plural. En un primer momento hay que decir que la sexualidad en singular es la capacidad de disfrutar placer en todas las especies animales durante el proceso de reproducción biológica. Las sexualidades son las muchas formas diferentes que existen para que esas especies realicen el acto reproductor. En un segundo momento, hay que decir que conforme nos fijamos en las especies animales mamíferas, y en los primates sobre todo, y a partir de aquí en los simios y en la especie humana, vemos que la sexualidad se va caracterizando por independizar el placer sexual en cuanto tiempo de gozo, felicidad y gusto, de la estricta reproducción biológica que se culmina en pocos segundos o minutos, casi fugaz y mecánicamente. Es decir, en la evolución de las especies animales, hasta llegar al animal humano, la sexualidad ha ido desarrollándose en complejidad, riqueza, matices y tiempo de placer a la vez que se iba distanciando del tiempo y del acto únicamente dedicado a la procreación biológica, que también tiene su dosis de placer pero meramente instintivo. Pero conforme las especies animales desarrollan mayor capacidad social y cerebral, mayor tiempo colectivo y superior nivel de relaciones grupales basadas en los sistemas de expresión corporal y oral, en esa medida, por término medio, aumenta la capacidad de placer sexual y a la vez aumentan las formas de sexualidad, aumentan las sexualidades. La homosexualidad y la bisexualidad, por ejemplo, también están confirmadas en otras muchas especies animales no humanas, lo mismo que el autoerotismo y la masturbación.


La sexualidad básica como método de reproducción de las especies surgió como un gran invento de la naturaleza para ahorrar energía, asegurar la reproducción y asegurar la continuidad de la memoria genética o instintiva y, en especial, de los niveles ascendentes de actividad cerebral desarrollada hasta culminar en el pensamiento humano, el nivel más alto de la evolución de la material. La sexualidad, en singular, ha sido decisiva para este logro cualitativo y su libre ejercicio va unido a, es inseparable de y favorece al desarrollo integrar de las especies animales que disfrutan y necesitan de la sexualidad, siempre dentro de su grado de evolución alcanzado. La experiencia y lecciones obtenidas en los zoológicos es concluyente: en situaciones no naturales, en situaciones anormales y de encarcelamiento, las especies animales que se reproducen sexualmente empiezan a mostrar prácticas anómalas de comportamiento global y sexual, muy parecido a lo que ocurre en los animales humanos cuando sufren muchos años de prisión. En la especie humana sucede otro tanto en prácticas especiales como vivir en conventos, cuarteles, obispados, etc., es decir, una forma de vida aislada de la realidad colectiva en la que la libre sexualidad está constreñida y limitada por mil factores o simplemente negada y prohibida como pecado y bajo el imperativo del voto de castidad.


La historia de la represión criminal de la sexualidad básica por el cristianismo, el opio religioso que más sufrimos en nuestro entorno cultural, es muy ilustrativa. Sin perder ahora el tiempo en disquisiciones sobre si el cristianismo originario --no el que se supone que creó un tal Jesús o un tal Cristo, personajes ambos diferentes si atendemos a las opuestas versiones que existen sobre ellos, y sobre los que hay dudas muy serias sobre su verdadera existencia histórica—fue machista y patriarcalista, o en qué grado lo fue, sobre si tuvo un hálito “feminista” aportado por Magdalena, y basándonos exclusivamente en el cristianismo en cuanto tal, o sea, la ideología justificadora del orden imperial romano, vemos una clara tendencia histórica a fortalecer el poder patriarcal y el odio antisexual. Sobre la base de la brutal opresión de las mujeres en el imperio romano, el cristianismo aplastó durante la alta y baja edad media los restos de libertades sexuales de los pueblos que habían aguantado la romanización, que no habían sido “civilizados”. El mito de la Virgen Maria fue decisivo en este sentido, y conforme la nueva burguesía desplazaba lentamente al feudalismo, con el desarrollo de la nueva familia burguesa, el cristianismo se escindió en sectas opuestas enfrentadas a muertes con una crueldad extrema. Pero les unía el mismo patriarcado y el afán con controlar la sexualidad. Aunque la secta católica impuso la castidad duramente, otras sectas lo hicieron con menos dureza o apoyaron el matrimonio de sus curas, pero, al margen de esto, su odio a la libertad sexual y en especial a la de la mujer era el mismo. Todas las conquistas en este decisivo campo de la sociabilidad y felicidad humana se ha logrado luchando sistemáticamente contra el cristianismo. Actualmente, esta religión encabeza con su fundamentalismo contrarrevolucionario sea protestante o católico, la reacción mundial del patriarcado contra las libertades humanas.


La persecución cristiana de la sexualidad se ha realizado y se realiza también, a la fuerza, mediante la represión de las diversas sexualidades en que se muestra la capacidad sexual común. Las sexualidades en plural son las múltiples y crecientes formas de gozar de la sexualidad básica, dependiendo de las condiciones concretas, históricas, sociales, productivas, geográficas, culturales y, lo que es decisivo, de sexo-género. Por ejemplo, mientras que el cristianismo, en cualquiera de sus formas, reprimía la sexualidad de las mujeres casadas fuera del matrimonio, permitía o toleraba la de los maridos con las esclavas, putas y con las violaciones; mientras que prohibía el divorcio, el aborto y los anticonceptivos en el pueblo, los legitimaba en las clases dirigentes y se llegó al caso en el que el catolicismo legitimó el incesto entre príncipes incas colaboracionistas con el invasor español para asegurar la fidelidad hacia el imperio de un sector de la clase dirigente inca. La doble moralidad sexual cristiana consiste en que se toleran a las clases dominantes y a la propia burocracia cristiana comportamientos que las clases trabajadoras y sobre todo sus mujeres tienen prohibidos y declarados “pecado”. Esta doble moralidad la estamos comprobando de nuevo ahora mismo en lo relacionado con la pedofilia y la homosexualidad dentro o fuera de la Iglesia católica, por no hablar de otras prácticas sexuales más “normales” como el concubinato, la prostitución, el autoerotismo pornográfico, etc.


Sin embargo, existe una tercera moralidad sexual cristiana que pasa desapercibida y consiste en que los pueblos oprimidos nacionalmente tienen, en la práctica, menos derechos sexuales que los pueblos opresores. Históricamente, las mujeres de los pueblos invadidos han sido violadas y sometidas a la esclavitud sexual, y muchos de sus niños y jóvenes. El cristianismo, que no se opuso a la esclavitud durante siglos, permitió todos los abusos y crímenes sexuales cometidos. Con el colonialismo y después, con el imperialismo, las diversas sectas cristianas han mantenido un apoyo incondicional al sistema patriarco-burgués invasor a escala planetaria. La tristemente conocida como “postura del misionero” en el acto mensual viene precisamente de la obsesión cristiana por imponer una sola sexualidad a los pueblos invadidos. Pero el contenido opresor en lo nacional de la triple moralidad sexual cristiana también ha funcionado y funciona dentro del capitalismo más desarrollado e imperialista, como veremos en su momento al estudiar la situación vasca. Ahora nos hemos detenido un poco en la criminal política antisexual del cristianismo para ejemplarizar cómo actúa el poder establecido contra las sexualidades.


Este ejemplo, que nos remite a una represión de casi dos mil años, nos ha permitido comprender cómo interactúan los factores ideológicos, políticos, económicos, sociales y culturales con las represiones sexuales. En cada época histórica, la síntesis del poder religioso con el patriarcal, con el nacional y con el clasista, se ha organizado alrededor de la propiedad privada. Privatizar las sexualidades en beneficio del poder ha sido una obsesión de estas fuerzas que, al final, siempre nos remiten a la posesión de las fuerzas productivas. Mal que bien, lo han logrado porque, con sus deficiencias, se cercioraron de que en la especie humana, a diferencia de lo que ocurre en otras especies, la sexualidad y las sexualidades viven en el cerebro. El órgano sexual por excelencia es el cerebro, aunque en los hombres parezca ser el pene. El miedo al placer, a la exploración y a lo nuevo, el miedo a la libertad sexual y afectiva, amorosa y emocional, sólo repercute en el pene y en la respuesta sexual de la mujer cuando antes ha aniquilado esos impulsos humanos en la estructura psíquica, en la personalidad, en el cerebro. Por eso, el control de la primera infancia es clave para los poderes represores. Una de las peores herejías que combatió el cristianismo desde una época tan temprana como el siglo IV fue la del anabaptismo, la corriente que negaba la obligatoriedad del bautismo a los recién nacidos, defendiendo la libertad de la persona adulta para aceptar o no el bautismo. El anabaptismo era un peligro tan mortal para el cristianismo que el Código de Justiniano, inicios del siglo VI, legalizó la pena de muerte de los anabaptistas.


La Iglesia se dio cuenta de que no adoctrinar a la juventud desde su mismo nacimiento impedía inyectarle la suficiente dosis temprana, la más efectiva, de opio religioso, dogmático, autoritario y antisexual. La Iglesia supo bien pronto que “hay que enderezar el tronco antes de que se tuerza”. La conculcación de una única sexualidad venía impuesta desde la primera infancia, junto a los restantes dogmas cristianos. De este modo, las sexualidades concretas quedaban excomulgadas antes incluso de que la persona pudiera ser consciente de su existencia práctica. Pero los efectos destructores de esta represión tan temprana no afectaban únicamente a la capacidad sexual en general, en abstracto, sino que laminaba las posibilidades de goce abierto y libre de las sexualidades. La personalidad humana es multifacética, compleja e interactiva. Sus apetencias sexuales concretas se forman en el caldero bullente del descubrimiento de la vida y de la exploración de sus posibilidades. Si este descubrimiento y su desarrollo simultáneo se realiza en un entorno más o menos respetuoso con las suficientes libertades sexuales y con una visión amplia de la sexualidad, si es así, las vivencias sexuales estarán integradas en un mundo de afectividad, emoción y respeto. El placer más intenso se logra precisamente cuando la afectividad y el deseo no están constreñidos por ningún miedo ni culpabilidad, cuando las relaciones interpersonales están acostumbradas a experimentar las nuevas y desconocidas sexualidades sin temores ni terrores anclados en lo más irracional de la persona. Un contexto de respeto, libertad mutua y mutua ayuda en la experimentación consentida y nunca obligatoria e impuesta, un contexto así, en el que el conocimiento teórico de la capacidad psicosomática de los placeres es algo común, las sexualidades son libres y refuerzan a las libertades de todo tipo.

Según sea el contexto democrático o autoritario, la educación, la permisibilidad, la coerción, las posibilidades toleradas o consentidas aunque no legalizadas, etc., según esto y más, las apetencias sexuales se inclinarán por un lado u otro, serán más o menos reprimidas, sublimadas u orientadas en otras direcciones, pero nunca desaparecerán, simplemente se adaptarán a las exigencias exteriores una vez interiorizadas, a la espera de emerger de una forma u otra, incluso brutal y criminalmente, también de forma mística, ascética y religiosa, con alucinaciones y espasmos orgásmicos interpretados idealistamente como revelaciones divinas, con deseos sádicos y masoquistas cargados de culpabilidades ajenas y propias, con fijaciones edípicas, orales o anales… El alcohol y otras drogas legales, alegales o ilegales serán, en este contexto represor, auxiliares imprescindibles para excitar una libido acogotada internamente por los terrores irracionales, por las angustias y ansiedades, por las fobias y miedos. Y en vez del libre recurso a la imaginación erótica, a los cuentos, escenas e imágenes sexuales excitantes, normales en un entorno normal y consciente, en vez de esto, la pornografía violenta, machista y misógina, falsa e irreal, ocupará el lugar de la inventiva sana y alegre. Las historias sexuales, en cualquiera de sus formas, han existido siempre pero no siempre son negativas, sustitutivas y excitantes de las sexualidades violentas y sádicas. Pero en toda civilización coercitiva y represora, la imaginación social colectiva e individual refleja y reproduce el orden sexual dominante, los tópicos machistas, las miserias de la falocracia, las angustias inconfesables por el tamaño del pene en los hombres y por el cuerpo perfecto en la mujer. Las maravillosas potencialidades de las sexualidades emancipadas, desaparecen así asfixiadas por la dictadura de la imagen propagandística que se ha introducido en nuestro cerebro, imponiéndonos una sola, pobre e infeliz sexualidad.


3. FRENOS Y OBSTÁCULOS A LA SEXUALIDAD:


El sistema patriarco-burgués está estructurado de tal forma en lo concerniente a la sexualidad juvenil que logra el milagro de la más absoluta ignorancia de la juventud sobre su sexualidad precisamente en un mundo hipersexualizado. Dicho de otro modo, mientras que actualmente una persona joven ve imágenes de sexo explícito o implícito, sugerido o sugerente, afectivo o violento, erótico o pornográfico por todas las esquinas de las calles, en las revistas y periódicos, en televisiones e Internet, en conversaciones de adultos, en pequeñas tiendas y en grandes almacenes, en todas partes esta persona joven aspira y expira hipersexualidad, sin embargo su conocimiento del problema es prácticamente nulo, o peor aún esa ignorancia está recubierta por un océano de tópicos, mentiras y mitos machistas que convierten la ignorancia en supuesto conocimiento. Es así como se comprende que todas las encuestas y estudios sobre el conocimiento de la sexualidad por parte de la juventud arrojen unos resultados tan alarmantes, y eso que dichas encuestas están realizadas en su inmensa mayoría según los parámetros machistas dominantes, oficiales. Es así como se comprende que siempre se pierda la batalla contra las enfermedades venéreas, contra el VIH, contra los embarazos no deseados, contra el aumento de la violencia y hasta el terrorismo machista juvenil contra las mujeres jóvenes, etc.


Pero siendo esto muy preocupante, y de hecho es lo fundamental porque está en juego la vida de las personas, no lo es menos que, además, existen otros fenómenos extremadamente inquietantes que pasan desapercibidos para la sexualidad adulta oficial, o que son silenciados. Vamos a citar aquí sólo cinco de ellos. El primero y del que vienen después el resto, es el del miedo de los jóvenes y en menor medida de las jóvenes a mantener conversaciones francas y sinceras sobre sexualidad con personas adultas, limitándose a lo sumo a ser escuchas pasivos e indiferentes, cuando no con chanzas y pésimos chistes machistas, de las muy pobres charlas de formación de alguna vez tienen la suerte de recibir, si se produce esa suerte. Lo mismo que entre los adultos pero a una escala más grave, la juventud tiene, en su inmensa mayoría, miedo a hablar e informarse plenamente sobre sus prácticas sexuales y sobre su capacidad sexual. No es un miedo natural e instintivo, sino introducido desde la primera educación infantil familiar y reforzada posteriormente. Es un miedo inherente al miedo a la libertad y al miedo al placer, al miedo a la exploración de nuevos espacios interpersonales que debieran multiplicar las vías de descubrimiento de nuevas libertades. Sexualidad y libertad son sinónimo, y sexualidades y libertades aún más.


La familia patriarco-burguesa y la educación machista tienen una responsabilidad altísima en las angustias y miedos en estas primeras edades. La estructura familiar dominante está pensada para impedir todo aprendizaje sexual, y aunque mucha juventud ha sido socializada también en guarderías y en escuelas mixtas, es tan abrumadora la dominación objetiva del principio burgués de sumisión y pasividad, reforzada por el machismo, que la juventud apenas dispone de posibilidades de reflexión y conocimiento crítico sobre ella misma y sobre su sexualidad. Pero aún, allí donde la Iglesia está presente, el miedo aumenta en su peor forma, en el terrorismo irracional e inconsciente a los castigos eternos del pecado. De este modo se crea una personalidad juvenil atemorizada de sí misma al desconocer el origen, la naturaleza y los efectos de los cambios que está sufriendo, pero, a la vez, que intuye o sabe perfectamente que le interesa el mantenimiento del sistema machista tal cual lo vive en su familia y en su entorno. No sólo ha aprendido que su madre está supeditada a su padre, que sus hermanas están supeditadas a él, sino que aprende que en la sociedad las mujeres están supeditadas a los hombres y, en su cuadrilla y amistades, las amigas están supeditadas a sus amigos y a él mismo. Lógicamente, por tanto, le interesa mantener esta estructura de dominación tan beneficiosa, y por eso asume la complicidad y el apoyo a sus amigos y a otros hombres en la defensa de esos beneficios de toda índole. Lógicamente, tiene miedo a perderlos, a quedar desamparado y, muy en especial, tiene miedo a que las mujeres, su amiga o compañera, le superen, exijan y practiquen sus libertades y muestren su inferioridad. Así, familia, educación e Iglesia, es decir, el sistema patriarco-burgués tal cual incide contra la juventud en esos decisivos años, refuerzan a diario la dialéctica entre el miedo y el egoísmo machista dentro de la juventud.


El segundo problema concierne a la pasividad colaboracionista de las llamadas “fuerzas progresistas”, desde la casta intelectual hasta las organizaciones de todo tipo de izquierdas, pasando por los medios de prensa “democrática” y “crítica”. Basta observar lo que al respecto “producen” los intelectuales para comprender por qué definimos sus silencios como pasividad colaboracionista con el orden sexual dominante. Exceptuando muy pocas y muy meritorias intelectuales feministas y revolucionarias, la gran masa de la casta intelectual, obsesionada por sus cuentas corrientes, ignora esta problemática. Tal vez, muy de cuando en cuando, leamos alguna leve y respetuosa crítica a la Iglesia, pero pocas veces será contra su terrorismo sexual, y casi siempre, en todas ellas, desde un trasfondo neokantiano y agnóstico, casi nunca desde el ateísmo marxista militante. Un ejemplo de esto lo hemos tenido en lo poco que se ha analizado radical y críticamente qué se oculta debajo de los escándalos de pederastia conocidos --y de los desconocidos-- dentro de las sectas cristianas, aunque más frecuentes en la católica. Se debe estudiar más concretamente la relación directa entre el voto de castidad y la pederastia, la homosexualidad, la misoginia, etc., en la Iglesia católica y en su permanente producción de estructuras psíquicas reaccionarias y fundamentalistas. Igualmente, se debe estudiar ese mismo problema en los conventos de monjas, temas tabú ante los que la casta intelectual huye atemorizada. Mientras que la casta intelectual vocifera dogmática y eurocéntricamente contra ciertas costumbres musulmanas --el velo en la infancia y en la juventud, por ejemplo-- o de otras culturas, permanece muda y genuflexa, cuando no “comprensiva”, con las prácticas represoras, primitivas y reaccionarias de la gran transnacional capitalista que es el Vaticano.


Esta pasividad de quienes debieran “pensar críticamente” para iluminar y orientar a las masas ignorantes, al menos eso dice el tópico al uso basado en el principio burgués de la división del trabajo intelectual, bien remunerado por supuesto, se extiende aún más cuando estudiamos qué es lo que dicen los medios de prensa “progresistas” o simplemente “democráticos” sobre los problemas sexuales de la juventud y, más en general, sobre la miseria sexual capitalista. En estos medios, la sexualidad quedan limitada a los capítulos sobre “la mujer”, y de vez en cuando, al son de las campañas que realiza cada determinado tiempo el ministerio de sanidad de turno sobre la expansión del VIH, a la llamada “ignorancia juvenil” sobre el tema. Estos tímidos esfuerzos divulgativos carentes de radicalidad científico-crítica, quedan inmediatamente sumergidos tras la marea de la sexualidad machista. Pero el panorama no mejora mucho si observamos la práctica y la teoría sobre de liberación sexual de las organizaciones revolucionarias. Si entramos en Internet y nos fijamos en los temarios, apartados, documentos programáticos y actos internos y externos de las organizaciones revolucionarias, nos asustará la prácticamente nula presencia de un espacio dedicado a la revolución sexual socialista. Como en la prensa “democrática” la mayoría de estas organizaciones reduce la lucha sexual al apartado de “feminismo” o de “mujer”, y algunas pocas más al de “juventud”, pero en éste dominan abrumadoramente los temas de educación, vivienda y precariedad, no apareciendo la sexualidad sino muy lateralmente. Son muy contadas las organizaciones revolucionarias que dedican un espacio concreto a la lucha contra el orden sexual capitalista.


La indefensión juvenil frente a la sexualidad patriarco-burguesa es, por lo que se ve, casi absoluta en un medio cotidiano, diario y vital caracterizado por una hipersexualidad machista presente se mire por donde se mire. Nos enfrentamos así al tercer problema. La hipersexualidad no responde únicamente a la contraofensiva de los más chabacano y cutre, violento y pútrido, del machismo obsesionado por recuperar los espacios perdidos y ampliarlos aún más, tampoco a la contrarreforma sexista y misógina del fundamentalismo cristiano, que también, sino sobre todo a la necesidad ciega del capitalismo por aumentar los mercados, aumentar las ventas y aumentar la producción de nuevas mercancías. Esta última razón es la dominante en el plano histórico y estructural ya que determina e impulsa a las dos anteriores, que se refuerzan a su amparo. La burguesía está impelida a acelerar la mercantilización de todo, no deteniéndose ante nada, ni ante la mercantilización de la naturaleza y del código genético, ni ante la producción industrial de nuevas identidades pasajeras en las que nuevos comportamientos y consumos sexuales, gustos, modas estéticas, apariencias y posturas esnobistas son lanzados sucesivamente al mercado del consumismo psicoafectivo, desamparado y despersonalizado como alternativas fugaces e ilusorias para llenar los crecientes vacíos generados por la alienación y fetichismo capitalista. Una hipersexualidad múltiple y polifacética, omnipresente y ubicua a la vez, con apariencias incluso contradictorias que van desde la violencia pornográfica más explícita cargada de contenidos reaccionarios y racistas, además de misóginos, hasta la “nueva masculinidad” supuestamente cariñosa, afectiva e incluso bisexual o “afeminada”, pasando por toda serie de alternativas producidas en serie y con una obsolescencia programada deliberadamente.


Una juventud carente de autoorganizaciones propias e independientes de las organizaciones del poder, carente por tanto de recursos propios para crear y practicar sus sexualidades alternativas a las dominantes, bajo esta dictadura patriarco-burguesa es muy difícil por no decir imposible que duren los esfuerzos emancipatorios de la juventud en esta y en otras cuestiones. Para empeorar la situación, en este momento interviene un cuarto problema, que también puede ser un primer problema: la precarización de la vida juvenil, la pérdida de la seguridad vital y de la autoconfianza que produce tanto un sueldo seguro como un sistema igualmente seguro y amplio de prestaciones sociales, ayudas a vivienda, becas de estudio, sanidad científico-crítica que integre una política sexual democrática y no patriarcal como mínimo, etc. Es decir, la contraofensiva capitalista malamente denominada “neoliberalismo”, está aumentando los obstáculos de todo tipo que frenan y desvían las prácticas sexuales, o simplemente las congelan. Las frenan porque la precarización y el empobrecimiento, las carencias en infraestructuras adecuadas, casas, locales, etc., restringen mucho las posibilidades de disfrute sexual. Las desvían cuando el machismo, la hipersexualidad objetiva con sus imposiciones subjetivas y sus dictaduras sobre la imagen del cuerpo, sus cánones de belleza difícilmente alcanzables, sus llamados directos e indirectos a prácticas sexuales mecánicas, simples y toscas, brutas incluso, carentes del refinamiento lascivo y lujurioso que sólo puede otorgar el conocimiento de las técnicas sexuales y del cuerpo humano con toda su excitante complejidad, práctica orientadas exclusivamente para el egoísmo masculino.


En una sociedad en la que la temporalidad dominante es la asalariada, la burguesa, que arrincona al tiempo de descanso y reciclaje y sobre todo al tiempo propio y libre, en una sociedad así cada vez hay menos tiempo para el placer y los orgasmos en todas sus formas, y menos aún para los prolegómenos necesarios para que los placeres sean extremos y enervantes. No es sorprendente, entonces, que por estas y otras razones, la juventud trabajadora se vea en la necesidad de adaptarse a las nuevas industrias y horarios de la diversión burguesa, con sus botellones, sus drogas, sus borracheras, sus peleas y disputas. Estas formas de diversión son las únicas permitidas y potenciadas por el sistema patriarco-burgués a una juventud trabajadora con serios problemas para comprar un piso e independizarse de la cárcel domiciliaria, con las tensiones intrafamiliares que muy frecuentemente estallan en su interior. Teniendo en cuenta todo lo visto, es normal que el autoerotismo, la masturbación, sea la práctica sexual más frecuente por ser la directamente asequible, quedando las demás a mucha distancia, en especial las relaciones afectivas, emotivas y sexuales con una persona querida, realizadas con mutua confianza, tiempo disponible abundante, con conocimientos técnicos, sexuales y psicológicos suficientes.


Los cuatro problemas brevemente vistos hasta ahora --miedo, ignorancia, exigencias hipersexuales inalcanzables y precarización de la existencia-- son comunes a la juventud trabajadora y en parte a la juventud burguesa, pero mucho más dañinos para las jóvenes trabajadoras una vez que han dejado los estudios y han empezado a trabajar con un salario. La sola diferencia de aproximadamente un tercio de menos en comparación al salario masculino indica su menor capacidad de experimentación y libertad sexual, problema que se agrava por el hecho de que su sueldo inferior es además sometido a un mayor control por los padres o por el marido. El salario es importante para la libertad sexual porque permite buscar nuevos espacios y relaciones, acceder a más información, disponer de mejores medios, etc. Infinitamente peor es la situación de la joven condenada a esperar en casa al marido, o a estar en casa de los padres sin la relativa independencia que da un salario extrafamiliar. Mientras que la juventud burguesa tiene más posibilidades para viajar, relacionarse, conocer nuevos entornos y experimentar nuevas sensaciones, la juventud obrera carece de esos medios o son bastante más restringidos.


Ahora bien, hay un quinto problema que limita en mayor o menor grado según los casos el disfrute de las sexualidades, pero que siempre es un límite: la opresión nacional, la explotación de los pueblos por el imperialismo, la esquilmación de sus recursos humanos, materiales y biológicos. Hemos citado arriba la esclavitud. Desde que los pueblos dominantes comprendieron que podían aumentar sus riquezas esclavizando a los pueblos dominados, no tardaron un segundo en comprender que también existe una explotación sexual y su correspondiente beneficio. De hecho el rapto, secuestro, robo, saqueo y razzia de mujeres y de niños y niñas, o su obtención estable mediante conquista y mediante tributo, estas prácticas, han sido el inicio de la política de esclavización completa y general de todo el pueblo, excepto de las personas moribundas o enfermas, es decir, improductivas, abandonadas a su suerte o rematadas. El mito del progreso lineal y automático del capitalismo imperialista del llamado “Estado del bienestar” (¿?) entre los años ’50-’70 del siglo XX, hizo creer a algunos que a la par de la desaparición de las clases y de la lucha de clases, etc., también se había producido el final definitivo de las atrocidades sexuales y genocidios masivos tan recientes como la guerra mundial de 1940-45. Dichas atrocidades quedaban adjudicadas a los “pueblos atrasados” pero no al Occidente civilizado. Los crímenes de los EEUU en Vietnam, por citar un solo caso, o del Estado francés contra ese mismo pueblo y contra Argelia, por citar otro, en los que las bestialidades sexuales eran muy frecuentes, demostraron que el monstruo patriarco-burgués seguía vivo, pero que todavía no golpeaba abiertamente en la propia cilivilización eurocéntrica porque no hacía falta. Pero el salvajismo sexual practicado en la Guerra de los Balcanes ha demostrado que no se ha extinguido la ferocidad sexista.


Sin embargo, estas prácticas cada vez más frecuentes incluso por las tropas “neutrales” que bajo pabellón de la ONU imponen eso que se llama “ayuda humanitaria”, sólo son la parte externa de múltiples prácticas sistemáticas de explotación sexual de los pueblos oprimidos en beneficio directo o indirecto de los hombres de los Estados ocupantes. Nunca debemos olvidar, sino al contrario, la práctica cotidiana de la especial tortura sexual aplicada a las militantes revolucionarias independentistas por la mayoría de las fuerzas ocupantes. Muchos estudios demuestran el placer sádico-sexual que obtienen los torturadores, placer que se refuerza con la identidad machista del torturados “trabajando” sobre la torturada, y cuando se le añade el componente del racismo y la xenofobia contra el pueblo ocupado y contra sus mujeres luchadoras. El machismo y al chauvinismo nacionalista del torturador, su creencia de superioridad cultural y hasta biológica, también están presentes aunque en menor escala en los tratos menos brutales, más “normales” de las diversas fuerzas policías a la población ocupada, reprimiendo manifestaciones, actos de masas, reuniones o en las prácticas cotidianas de control social masivo y vigilancia selectiva y preventiva. La violencia ocupante produce una situación de estrés social que, al prolongarse y empeorar, termina afectando a los comportamientos de la gente, sobre todo de la más desprotegida. Se han realizado estudios rigurosos sobre el impacto de la violencia invasoras en naciones como la Palestina y otras, demostrando cómo la violencia invasora genera múltiples desarreglos emocionales, afectivos y psíquicos desde la primera infancia. No se pueden negar las consecuencias perturbadoras de todo ello en la capacidad de disfrute sexual de las personas afectadas.


Incluso en situaciones de opresión nacional en las que, por las razones que fuere, la violencia del ocupante no necesita llegar a esos niveles tan sobrecogedores, incluso así, los pueblos que carecen de un Estado propio, de autogobierno suficiente, tienen bastantes menos posibilidades de realizar una política pública de libertades sexuales. Al margen del grado de tolerancia controlada que le cede el Estado, en última instancia todos los planes de desarrollo estratégico del pueblo sin Estado sufren el control y el veto del Estado ocupante. Por muy desarrollada que pueda llegar a estar, por ejemplo, la salud pública, la educación, las ayudas sociales, etc., en el pueblo sin Estado, siempre lo estarán menos que si fuera independiente y si su autogobierno respondiera a un poder popular, a un Estado obrero. El expolio económico que realiza el Estado ocupante debilita las posibilidades de desarrollo social del pueblo ocupado que, además, debe sufrir la carga que le añade su propia burguesía colaboracionista. Un ejemplo concluyente es el de los Presupuestos Generales del Estado, que determinan muchos años de inversión pública, de políticas concretas y de apoyos sostenidos a las clases dominantes en detrimento de los pueblos ocupados.


Las políticas sociales, de natalidad, de empleo y trabajo, de pensiones y jubilaciones, de educación, de transporte, de vivienda, es decir, el grueso de medidas que directa e indirectamente influyen sobre las libertades sexuales, nunca se toman de un año para otro, excepto en los casos de burguesías extremadamente corruptas e ineptas que sólo miran el ahora y nunca el luego. Los PGE son programas estratégicos que muy frecuentemente abarcan períodos de entre 5 a 10 años de duración y que condicionan la vida social en todos sus aspectos. Las naciones sin Estado, sometidas a los intereses de Estados extranjeros, están totalmente indefensas en esta cuestión decisiva de la programación a largo plazo. Los problemas se agravan cuando dichas naciones sufren una dura partición interna, destinada a romper definitivamente su unidad territorial y nacional; cuando esa partición favorece además la existencia de pequeños reinos de taifas formados por burguesías reaccionarias decididamente colaboracionistas con los Estados. Este es el caso, sin ir muy lejos, de Euskal Herria en donde los Estados español y francés han impuesto por las armas una división total y dentro de éstas otras muchas subdivisiones específicas que refuerzan a la primera. Las tres burguesías delegadas, la de Nafarroa, la de Iparralde y la de Vascongadas, son profundamente cristianas, conservadoras y reaccionarias, también en lo sexual. Las dificultades que casi impiden la realización de abortos en Nafarroa, o la compra de preservativos en su capital, Iruñea, son dos ejemplos de cómo se refuerza el sistema patriarco-burgués cuando aúna sus fuerzas poderes tan reaccionarios como el Opus Dei y UPN.


4. CONTRAPODER JUVENIL Y LIBERACION SEXUAL:


Una vez vistos estos obstáculos e imaginados otros menores que no podemos exponer ahora, estamos en condiciones de adelantar algunas líneas prácticas de lucha juvenil, teniendo en cuenta que ya hemos debatido en su momento el texto anteriormente citado y puesto a vuestra disposición. Naturalmente, aquí nos centraremos más en y para la problemática juvenil. Las propuestas que se presentan a debate tienen un orden de enunciación que apenas corresponde al orden de importancia concreta general. Ocurre que, según los lugares, determinados movimientos y grupos juveniles estén más avanzados que otros en estas y otras luchas por lo que necesitan dar prioridad a cuestiones que aquí se presentan supeditadas a otras precedentes. Todo depende de las conquistas concretas que se hayan hecho en cada lugar.


La primera tarea es la de asegurar la suficiente independencia organizativa de la juventud en su lucha por las libertades sexuales. Como sucede en toda problemática de la juventud, una de las tareas más fundamentales es la de lograr establecer unas respetuosas relaciones entre la juventud y los adultos para que exista una interacción sin negar la imprescindible autonomía de la juventud. Hay muchas facetas de la vida juvenil en las que esa autonomía se vuelve plena independencia, como la creatividad cultural y artística, las luchas socioeconómicas, las formas de organizar los espacios liberados al poder adulto, etc.; pero hay otras que requieren un especial y frecuente contacto con personas que tengan un conocimiento necesario. La sexualidad y salud en general es tal vez el más importante. En estas cuestiones, la autoorganización juvenil debe preocuparse por establecer una interacción con colectivos o personas que hayan superado los tópicos y el dogma autoritario del sistema patriarco-burgués y de su sexualidad. Desgraciadamente, la mayoría de los llamados “sexólogos” son simples adaptadores del orden sexual dominante a las condiciones de la juventud alienada, como hacen con las personas adultas. Son, por decirlo rápidamente, engranajes especializados del sistema de recomposición de la docilidad sexual dominante. Su función, como la de la mayoría de psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas, la de parchear los boquetes de la estructura psíquica de masas, asegurando la continuidad del sistema.


La autoorganización juvenil debe, por tanto, plantear dentro de las organizaciones revolucionarias las urgencia de, primero, desarrollar un pensamiento propio al respecto, radical y científico-crítico; segundo, colaborar en ese proceso para que, tercero, sus resultados, las mejoras teóricas que se hayan obtenido reviertan lo antes posible a las luchas prácticas de la juventud. Especial importancia tiene en este proceso, y en todos los demás, el papel central de las jóvenes, de las mujeres organizadas de forma que no acaben subordinadas de algún modo a los jóvenes, a los “compañeros”. El machismo también está presente en el interior de la autoorganización juvenil y todavía más en todo lo relacionado con las sexualidades. Por esto, para evitar que imperceptible pero imparablemente, el “machismo rojo” terminé imponiéndose, las jóvenes han de asegurarse su independencia de pensamiento y organización. Una de las mejores formas es la de asegurarse que también se avance en la misma conquista dentro de las organizaciones revolucionarias adultas que ayudan a la juventud en esta lucha, y son ayudadas a su vez por ésta. Sin embargo, hay que advertir que ha de mantenerse una vigilancia permanente al respecto porque el machismo es muy inteligente y encuentra resquicios y fisuras por los que penetrar con suavidad hasta recuperar su poder.


La segunda tarea es la de superar el miedo a la sexualidad, al debate franco y sincero, con datos y con hechos, sobre su práctica. Siempre que haya miedo al placer habrá miedo a la libertad, y siempre que haya miedo a la libertad habrá miedo a luchar por ella, a ejercitarla. Hay varias formas placenteras de hablar del sexo y del placer. No tiene por qué ser una confesión católica, cargada de culpabilidades por haber “pecado”, con temor al castigo y a la pena que puede presentarse en forma de risas, mofa y cachondeo. Nada de eso. Una buena conversación libre y creativa sobre el placer debe, antes que nada, producir el placer que se obtiene al superar una necesidad, al satisfacerla. Muchas personas se lo pasan bien hablando de deportes, etc., pero se agarrotan, se ponen tensas y nerviosas si tienen que hablar de sexualidad. Este es un ejemplo del terrible efecto destructor generado por el terrorismo antisexual del sistema patriarco-burgués y del cristianismo.


La tercera tarea simultánea a las dos anteriores consiste en asumir que no se debe tolerar nunca la violencia machista, sexista, patriarcal, en cualquiera de sus muchas formas de expresión, desde la brutalidad de la violación hasta el piropo, pasado por la violencia física y psicológica y el desprecio más sutil e inadvertido pero que, por ello mismo, arrasa para siempre la autoestima de la mujer. La juventud, muy especialmente las mujeres, ha de ser radicalmente opuesta a cualquier violencia sexista porque el miedo, la pasividad, la inhibición, es decir, claudicar ante el poder patriarcal es una de las consecuencias directas de la violencia de sexo-género. Nunca habrá una emancipación plena, en el campo que sea, si perdura el miedo a la violencia. En la sexualidad esto es aún más palpable porque el miedo se ha introducido en lo más profundo y se ha disfrazado muchas veces incluso de frigidez, anorgasmia, inapetencia, desgana, desagrado. Frecuentemente, éstas son desesperadas posturas defensivas no asumidas como tales sino que, en forma de rebote, terminan culpabilizando a la persona que cree que ella es la culpable cuando sólo es la víctima. Las violencias sexistas tienen como uno de sus objetivos la destrucción de la autoestima de la mujer. Por ejemplo, la violencia sexual simbólica que hay en la mayoría de las imágenes sobre los cuerpos perfectos, destroza la autoestima del propio cuerpo haciendo que su imagen inconsciente, copia anhelada pero imposible de la imagen sexista oficial, choque de frente con la propia imagen, con la real. Esta contradicción es insoportable para millones de mujeres y cada vez para más hombres, y tiene efectos demoledores sobre su felicidad.


La autoestima es vital para el ejercicio de las sexualidades. Una baja autoestima es uno de los mayores obstáculos para el placer sexual y para el ejercicio de todas las libertades. La persona con baja o nula autoestima tiende a buscar un líder exterior que le de confianza, que le aporte lo que ella no tiene, que le sostenga en medio de su desamparo. Las drogas euforizantes buscan ese subidón de autoestima, de autoconfianza. Los fascismos, los regímenes dictatoriales y autoritarios con ciertas bases de masas alienadas que les apoyan, conocen la importancia de líder a la hora de guiar e influir a las masas y a las personas aisladas que no tienen confianza en sí mismas y deben buscarla fuera. La Iglesia también lo supo con mucha anterioridad. La sociología --la “ciencia social” que la burguesía ha creado para combatir la revolución-- ya teorizó la importancia del “carisma” con las obras de Weber. Permitir las violencias sexistas contra las mujeres es potenciar la destrucción de su autoestima e imponerles la necesidad de un jefe en todos los aspectos, incluida la sexualidad. Una organización juvenil que se diga revolucionaria y que no combata este problema, merece desaparecer, y desaparecerá por la simple fuerza destructora del sistema patriarco-burgués sin hacer falta, en la mayoría de los casos, que la destroce la represión.


La cuarta tarea es la de dotarse de medios científico-críticos buenos que explique la sexualidad y las sexualidades a fondo y pedagógicamente, sin mojigaterías ni falsos pudores. Esto ya se lleva realizando desde hace bastante tiempo mediante diversos medios de prensa que la juventud abertzale ha creado. Se trata de un avance innegable, pero que debe ser completado mediante debates y charlas en muchos sitios, mediante una explicación sistemática de la política de liberación sexual y mediante una concepción global materialista de la existencia humana en la que se razone la interacción de lo biológico con lo psíquico, de lo material con lo cultural, se muestren en todo momento. Una explicación así es urgente dada la agudización de la lucha entre el irracionalismo idealista en ascenso, potenciado por las religiones y las burguesías más retrógradas, y las luchas emancipadoras de todas clases, sobre todo las sexuales y las de género. Considerando la superioridad de medios de prensa a disposición del irracionalismo dominante, estamos aún muy atrasados en este decisivo combate teórico y científico-crítico, pero también ético y moral. Una de las responsabilidades, aunque no la única ni la decisiva, de este retraso radica en la acomodación pasiva de la casta intelectual y de los medios “progresistas”, siendo mucho mayor la responsabilidad de las organizaciones revolucionarias, como hemos dicho.


La quinta o/y primera tarea, porque es inseparable de la autoorganización independiente de la juventud, la primera tarea que hemos presentado, es la de construir espacios de contrapoder juvenil. Por contrapoder se entiende el poder liberador opuesto al poder opresor capaz de anular a éste, al oficial y dominante, en reivindicaciones concretas, desarrollándolas en la práctica independientemente de que no estén aún legalizadas. Por ejemplo, la juventud vasca de mediados de los ’70 del siglo XX creó contrapoderes prácticos centrados en la euskaldunización, en las luchas en los barrios y pueblos, en la amnistía, pero también en la obtención de píldoras anticonceptivas y en la realización de abortos, ambos prohibidos, en la realización de programas de educación en una sexualidad libre enemiga de la oficial que buscaba legitimarse con el “destape” y otras trampas, etc. El contrapoder juvenil luchó duramente a comienzos de los ’70 contra la doble y triple moral del catolicismo franquista, contra el machismo de la burguesía vasca y contra la trampa que suponía el “avance del destape”. No hace falta decir que uno de los objetivos prioritarios de la represión desde entonces hasta ahora ha sido el de anular los contrapoderes de la juventud vasca. No lo han logrado.


Un tercio de siglo después, muchas de las demandas de entonces han sido parcial y relativamente satisfechas, pero siempre bajo el riesgo del retroceso y de la derrota porque en estas cuestiones, como en todas las que afecten al principio de propiedad privada, la lucha nunca concluye. Además, lo fundamental es que las conquistas relativas obtenidas no logran aún destruir los pilares del sistema patriarco-burgués que tiene recursos tan fuertes como los Estados español y francés, el gobiernillo vascongado y el foral navarro, etc. La sociedad también ha cambiado en treinta años y el machismo ha aprendido a taparse bajo diversas caras o a mostrarse tal cual es en otros momentos, según sus necesidades. Por esto sigue siendo imprescindible y prioritario que el movimiento juvenil refuerce, amplíe y profundice sus instrumentos de contrapoder en todos sus aspectos, incluido el de las luchas sexuales.

Iñaki Gil de San Vicente